Como la pretensión de este espacio es dialógica y no monológica, cualquier persona puede realizar comentarios y está invitada a hacerlo. Quiero escucharos y quiero que nos escuchemos. En este sentido, agradecería un mail o una dirección para escribir mi respuesta a los comentadores, respuesta que también aparecerá en la sección 'comentarios' del artículo en cuestión.

La génesis del FPDS en la génesis de la izquierda autónoma. Análisis de un momento de conformación de nuevas constelaciones de lucha

En este texto pretenderé abordar la constitución del Frente Popular Darío Santillán de Argentina, como parte de una importantísima serie de cambios en las características del movimiento real en el mundo, y que en Argentina se vio reflejada en el ascenso de las luchas populares entre 1996 y 2002, tras el cual varias fuerzas nacidas en esa etapa se plantearon las tareas de conformar un movimiento social y político unificado, que sería finalmente fundado en 2004 a partir de la confluencia de numerosas organizaciones, en gran parte piqueteras

I


Tras la reestructuración de la relación de clases, la caída del bloque soviético, la derrota popular ante la dictadura y el neoliberalismo, el trabajo ocupado empezó a perder centralidad como forma de lucha (aunque hubieron en la primera mitad de los 90, luchas importantes como docentes y ferroviarios), y empiezan a vislumbrarse entre el 95 y el 2001 otro tipo de luchas, fundamentalmente tomas de tierras y puebladas, como las de Cutral-Co, Mosconi, Tartagal, etc. Esto se daba en medio de una nueva centralidad en la militancia territorial más que en la militancia sindical. Esto reflejaba también la radicalización y aumento de los trabajadores desocupados, aunque también se re-inventaba la lucha de los ocupados a partir de la autogestión y la recuperación de fábricas. Junto con todo esto surge la asamblea popular como forma de reunir una resistencia centrada en un territorio y no en un lugar de trabajo. Los resultados fueron contradictorios, porque la reunión asablearia podia darse en base a una resistencia frente a ser arrojados al margen de la relación de producción de valor, o bien en base a una resistencia como consumidores (o como poseedores formales de mercancías, el ejemplo más claro fueron los ahorristas). El diferente carácter socio-económico de los lugares donde se desarrollaban estas asambleas acentuó tal o cual aspecto de esta contradicción, y esto influiría en las diferentes relaciones entre los piqueteros y las asambleas.

Surge el concepto de autonomía, de una militancia por fuera (es decir: independiente, pero no necesariamente en contra) de las estructuras partidarias o gubernamentales o religiosas. Sin embargo, era un término difuso, donde confluían trabajadores de barriadas, con gente que estaba por interés económico, con ideologías autonomistas, posmodernas, anarquistas, etc. No había realmente un proyecto político en base a la autonomía. Éste empieza a formarse muy paulatinamente a partir de la formación de las corrientes piqueteras.

Las primeras corrientes piqueteras, o Movimiento de Trabajadores Desocupados, eran autónomas. Recién cerca del 2001 empiezan a aparecer los primeros piqueteros ligados a las estructuras partidarias o clientelares, como D'elía (FTV), el PO (Polo Obrero), el MST (Movimiento Teresa Rodriguez) o el PCR (CCC). Como dato adicional, es recién en la crisis de fines de 2001 cuando los piqueteros entran finalmente a Capital.

A partir de este tipo de complejización del movimiento piquetero, se empieza a definir en los MTD más autónomos, la autogestión de trabajo y recursos como forma de desprenderse y prevenirse de la cooptación por el Estado y de los riesgos del clientelismo político: pedir planes y fondos, pero para hacer emprendimientos propios, como alimentarios, textiles, de construcción, etc, y así no pedirle al Estado nunca más. O también, ocupar tierras y las cultivamos y así no tener que comprarle a nadie el alimento nunca más. Este tipo de prácticas no carecían, por supuesto, de contradicciones. El trasfondo de esto, la concepción de crear prácticas de trabajo autogestivas como forma de anticipar el socialismo ahora, desde el pueblo y desde abajo, se empezará a hacer notar mucho más fuerte recién después de 2001.

Con el asesinato de Darío y Maxi en la Masacre de Avellaneda, que marca el fin de una etapa y el nacimiento de otra de reconstrucción de la hegemonía política y perspectivas de recuperación económica, se les presenta a muchos MTD que conformarían en 2004 el FPDS, la necesidad de revalorizar los años transcurridos y entender cómo adaptarse a una situación nueva. Ellos fueron paridos de la crisis, pero la crisis, en algunos aspectos había sido superada. Entonces la crisis era, en gran parte, de estos movimientos: el piquete fue demonizado y muchos MTD fueron cooptados para el clientelismo o se vieron debilitados.

Se producen muchos cambios en este año 2003 y 2004, ante la necesidad de reevaluar las definiciones políticas y adoptar nuevos conceptos. Este es un proceso que en todo el mundo realizan varios movimientos desde fines de los noventa, y que en Argentina daría nacimiento, entre otros, al FPDS. Estas conclusiones tuvieron su origen en los años pasados, pero no fueron, en general, desarrolladas ni sistematizadas teóricamente, y en 2003-2004 varias organizaciones empiezan a hacerlo.

II

-Surge la pregunta de con quiénes articulamos y con quiénes coordinamos, que son cosas diferentes. Es decir, tratar de ubicarse como un tipo diferente de izquierda, y ahí articular: tratarnos como organizaciones hermanas y compartir prácticas comunes, crecer juntos. Luego, coordinar con el resto del campo popular, es decir, con el grueso de la izquierda, con todos los compañeros, tratando de encontrar acuerdos y concordancias más allá de las diferencias y las críticas que se les pueda hacer a cada organización. La necesidad, entonces, de analizar seriamente, con vistas a una unidad en una complejísima diversidad, qué y cómo es el mapa del campo popular.

-La revolución como cambio social y prefiguración: anticipar el socialismo ahora. Es decir, la militancia debe consistir en pre-figurar, en la práctica, las relaciones sociales de la sociedad que queremos, inculcar nuevos valores, nuevas relaciones de producción, nuevas cosmovisiones, etc. El socialismo debe ser construido en el proceso de la revolución: es más, alrededor de eso gira la revolución. La toma del poder, sea lo que sea, debe girar en torno a cómo se puede cambiar la sociedad, es más: va a tener que darse a partir del éxito en la prefiguración de una nueva sociedad y de la construcción de un poder de base, y no al revés: no debe ser la toma del poder la que determina la militancia y la prefiguración, como sostiene a fin de cuentas la izquierda tradicional.

-El poder popular: a partir de lo dicho, la idea de que el poder del Estado es algo construído socialmente, una relación social, y no un "objeto" a "robar" a la clase dominante para luego conducir en favor de otros, como plantea la izquierda tradicional más verticalista, o un "objeto" a “tomar” para destruir, como plantean otros grupos de la izquierda tradicional. O también, un "objeto" a destruir simplemente, como plantea el anarquismo, que sostiene además, junto con el resto, que todo poder es estatal. Como agregado, este tipo de concepciones ignoran que las relaciones verticales de poder atraviesan toda la sociedad y están arraigadas en ella. Entonces, surge en estos grupos de la izquierda autónoma, la idea de crear poder desde abajo, poder del pueblo y para el pueblo: el poder no es entonces algo que se arrebata y se usa supuestamente a favor de todos, como plantea la izquierda tradicional: el poder se construye, y no es uno sólo, sino que nosotros "podemos" construir otro poder, radicalmente diferente: poder popular, en la prefiguración y en la misma lucha contra el Estado, más allá de qué hagamos finalmente con el aparato estatal.

-La democracia de base o democracia asamblearia: En varios MTD se dio el debate sobre el horizontalismo, qué es lo que significaba, si efectivamente -más allá de que nos guste la idea- es una cosa real que puedan existir relaciones horizontales de decisión y ese tipo de cosas. Lo que se vio es que el horizontalismo en realidad no existe como tal: es en la mayoría de los casos la predominancia de los más activos, quienes son a fin de cuentas los que toman las decisiones e intervienen más. Suele darse como una conducción informal de los más capaces, militantes, o activos, en fin: los más formados, quienes además, asumiendo las responsabilidades centrales, muchas veces impiden que otros aprendan cómo realizarlas en la única forma en que pueden hacerlo: asumiéndolas y reflexionando sobre sus pasos. En una sociedad plenamente libre, quizás suceda que todos seamos formados en igualdad de condiciones, y donde el horizontalismo se dé realmente. Pero no es algo practicable en la lucha actual. Por eso, es que en muchos grupos se decidió hablar, no de horizontalismo, sino de democracia de base o asamblearia, donde los militantes, sin distinción alguna de formación, sin jerarquías, en asamblea, discuten conjuntamente las decisiones que debe tomar el MTD o la organización social, gremial, política, etc, y que de todos se llegue a un consenso, para darle mandatos a delegaciones que se junten en las mesas de coordinación, regionales, nacionales, territoriales, estudiantiles, sindicales, etc. Claro que ante situaciones urgentes, el método más óptimo de la democracia de base no sirve, y compañeros presentes deben discutir y tratar de dar una respuesta seria y prudente, teniendo en cuenta qué es lo que querría la mayoría. Muchas veces es la mayoría la que confía en ellos la responsabilidad para la resolución de tareas urgentes.

-La síntesis: algo casi completamente nuevo en los militantes de estas nuevas organizaciones de izquierda (para poner ejemplos: el Movimiento Sin Tierra de Brasil, el EZLN mexicano, el FPDS aquí, el Frente Nacional Campesino Ezequiel Zamora en Venezuela, etc), es la idea de síntesis: Tener, por un lado, referencias en otras organizaciones hermanas preexistentes (como las mencionadas) y en procesos revolucionarios de la historia, y por otro lado, evaluar y reinterpretar, para la militancia, aquellos aportes constructivos de las variadas corrientes ideológicas de izquierda que existieron: marxismo, anarquismo, leninismo, guevarismo, gramscismo, luxemburguismo, consejismo, autonomismo, ecologismo, pedagogía crítica, peronismo de base, teología de la liberación, indigenismo, feminismo, antiracismo, etc etc etc. Con todo esto, analizar la situación concreta y llevar adelante una síntesis de estos aportes y referencias: es decir, no copiar procesos, no hacer modelos, aunque sea tan atractivo, como por ejemplo de lo que hacen los zapatistas, o Oaxaca, o algunas cosas de la Revolución Cubana o Rusa, sino entender que fueron o son formas que se crearon para atender a una situación concreta bien particular, y que no sólo no deben ser tomadas como cosas infalibles, no sólo no deben ser interpretadas sino críticamente en el balance histórico, sino también que lo que tuvo de interesante y constructivo: la referencia, debe ser entendida y tenida en cuenta de formas diferentes, según la situación concreta en la que militemos. Lo mismo respecto a los aportes de cada corriente teórica: la idea no es definirnos de algo, aunque sea obvio que somos anticapitalistas, socialistas, etc, sino alejarse de los dogmas y manuales y entender qué tiene de interesante cada aporte y cómo puede servirnos para elaborar una teoría propia, trasformadora y correspondiente a la situación en la que intervengamos. Una teoría de la práctica concreta, y no la práctica de una teoría abstracta. José Mariátegui resume en parte esto: "la revolución en América Latina no puede ser, ni calco, ni copia, sino creación heróica". Pues bien, la síntesis quiere ser esa creación heróica.

-Anticorporativismo y multisectorialidad: Previamente al FPDS existía la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón (la “vieja Verón”), que servía para aglutinar a los diversos MTDs autónomos y llevar acciones conjuntas. La idea del FPDS fue conformar, ya no una coordinación de MTDs, sino un movimiento social y político unificado a la vez que federativo, con potencial proyección a nivel nacional. Pero además, tratando de romper con la fragmentación social de 2001, que este movimiento no sea sólo de los desocupados ni de la militancia territorial, sino que sea un movimiento multisectorial, con todos los sectores oprimidos: estudiantiles, asalariados, culturales, de género, rurales, etc., parte de consolidar una concepción con la que ya se venía trabajando: la idea de pluralidad del sujeto revolucionario, de entender que, más allá de la centralidad y vigencia del “mundo del trabajo”, las relaciones producción no son las únicas que lo conforman, sino que también lo son las relaciones de exclusión, hegemonía, opresión y dominación que corresponden a las formas de explotación capitalistas.

III

Así nace el FPDS a fines de 2004, y en el proceso, ante la idea de un movimiento político y unificado, los grupos más ligados a concepciones de horizontalismo "radical", como el MTD de Solano, se van, mientras también se van por el otro extremo, grupos más tradicionales, ligados a concepciones verticalistas, como el MTD de Varela (hoy oficialista).

En un comienzo, el FPDS estaba conformado en su inmensa mayoría por MTDs, de varias provincias pero sobre todo del conurbano bonaerense, aunque también estaba el Frente Santiago Pampillón de Rosario (estudiantes universitarios) y diversos grupos de trabajadores ocupados. Meses después se integraría al FPDS la Coordinadora de Organizaciones Populares Autónomas (COPA) de La Plata, que nació en debates y replanteamientos similares a los de la CTD Aníbal Verón, y la cual tenía algunos trabajos territoriales y la homónima corriente universitaria. Otros grupos se fueron sumando en los años siguientes: agrupaciones estudiantiles, coordinadoras de otras provincias (Como la Coordinadora de Organizaciones Barriales Autónomas, COBA, de Tucumán), la Cooperativa de Trabajadores Rurales de San Vicente, grupos artísticos y culturales, y agrupaciones políticas como Cimientos, con un derrotero previo diferente a la mayoría de las incorporaciones, que impulsada por viejos cuadros históricos de la izquierda partidaria, surge de una ruptura muy fuerte con el trotskismo en 2000. Los estudiantes universitarios y Cimientos brindaron en 2006-2007 un nutriente valioso de compañeros formados y/o con experiencia de militancia previa en espacios muy diversos.

Se crean desde su inicio áreas y espacios donde participan, en general, integrantes de diversas regionales y sectores de ocupación. Actualmente funcionan las siguientes áreas: relaciones políticas nacionales e internacionales, formación de militantes y de activistas de base, Prensa, Gestión, Finanzas y Organización. Y los siguientes espacios: Mujeres, Jóvenes, Cultura, Educación, Jurídico, y el Centro de Estudios para el Cambio Social (CECSo).

En general la dinámica organizativa varía según el grado de complejidad y desarrollo de cada región o sector de ocupación, pero tomando el ejemplo de la regional del sur del conurbano o el ejemplo del sector estudiantil, consisten en grupos de base de los que hay compañeros que asumen las responsabilidades rotativas y mandatadas de acudir periódicamente a las mesas regionales, sectoriales, nacionales y multisectoriales. Cada año, además, se organizan plenarios nacionales (uno general y otro sectorial) donde se reúne toda la base posible y discute conjuntamente los balances generales y los objetivos para futuro. Desde las mesas regionales y sectoriales se organizan pre-plenarios donde se elaboran mandatos y se designan responsables rotativos para concurrir a estos plenarios nacionales. Sin embargo, todas estas instancias son abiertas a la participación de todos los integrantes del FPDS.

Además, el FPDS sostiene la autonomía de sus organizaciones en lo que respecta a sus asuntos internos y tácticos, lo que permite que los debates y problemas de los espacios concretos de militancia sean saldados desde sus respectivas bases, y no desde ámbitos superestructurales.

Actualmente el FPDS está conformado por aproximadamente más de tres mil integrantes y cuenta con organizaciones distribuídas a lo largo del país, pero no de forma homogénea, sino con muy distinto grado de desarrollo. Se cuentan actualmente 12 regionales, la mitad multisectoriales, en Tucumán, Formosa, Mendoza, Córdoba, Neuquén, Río Negro, Santa Fé, Provincia de Buenos Aires (Tandil, Mar del plata, Bahía Blanca, La Plata-Berisso, Luján, La Matanza, Quilmes, Varela, E. Echeverría, San Vicente, Guernica, Ezeiza, Lomas de Zamora, Almirante Brown, Lanús) y Capital Federal.

Con las diversas articulaciones y coordinaciones nacionales (entre las que se cuentan el Movimiento Nacional Campesino Indígena-MNCI-, la Corriente Julio Antonio Mella-La Mella-, la Corriente Clasista de la CTA, Pañuelos en Rebeldía, FOL, FOB, FOPP, etc), el FPDS impulsa varios espacios de articulación de la izquierda autónoma, y trata de intervenir en otros más amplios. Por ejemplo, el espacio Otro Camino Para Salir de la Crisis, que se formó a partir del "conflicto gobierno-campo", y que ha servido exitosamente para coordinar conjuntamente intervenciones concretas y definiciones generales alrededor de la "tercera posición" (contra los ruralistas y contra el gobierno), superando la mera declamación de muchos grupos de la vieja izquierda, y que aglutina a grupos muy diversos pero con el objetivo de actuar en la escena nacional con propuestas y reivindicaciones unificadas y concretas. Con este espacio se impulsó el año pasado la Campaña Nacional Contra el Hambre y la Inflación, a través de la cual se han impulsado actividades muy diversas, desde ferias de alimentos al costo, hasta marchas y actividades exigiendo la derogación del Impuesto al Valor Agregado a los alimentos y medicamentos. En los últimos años se creó el área de bienes naturales, con el cual el FPDS participa de la Unión de Asambleas Ciudadanas, donde coordinan las diversas asambleas ambientalistas del país.

El FPDS es independiente de cualquier organización internacional, y se relaciona con sus pares, no con gobiernos. Integra junto con el MNCI y otros grupos de Argentina el Espacio Promotor del ALBA de los Movimientos Sociales, donde coordina con organizaciones políticas y sociales de Latinoamérica, como por ejemplo el Movimiento de los Sin Tierra de Brasil y el Frente Nacional Campesino Ezequiel Zamora de Venezuela

El primer gobierno kirchnerista. Análisis histórico de una etapa.

En este artículo analizaré la primera gestión del matrimonio Kirchner, la de Néstor Kirchner (2003-2007), sentando posición respecto a este gobierno y criticando sus falsas imágenes discursivas. Es un artículo que he realizado orientándome también hacia compañeros de otras regiones. Es por eso comprensible que muchos compañeros, sobre todo de aquí, más conocedores del tema, encuentren innecesaria la cantidad de información proporcionada.

Caracterización política y discursiva

Se dice que el matrimonio Kirchner, hoy en el poder, militó en los 70 en Montoneros[1]. En realidad, tenía lazos con algunos contactos del brazo político, y tenía más relación con el peronismo de centro. Con el advenimiento de la última dictadura militar (1976), el matrimonio Kirchner (ambos abogados) desapareció cobardemente de escena. Reapareció en los 90, situación muy diferente, cuando Néstor Kirchner salió elegido gobernador por el Partido Justicialista (liderado entonces por el neoliberalismo, con Menem en el poder) de su provincia natal, Santa Cruz, en el extremo sur del país. Durante su gobernación, realizó varios negociados importantes, sobre todo con petroleras y turismo, aprovechando que las miradas estaban naturalmente puestas en otro lado. Kirchner aprovechó su poca exposición para situarse en la oposición interna a Menem ni bien éste empezaba a perder simpatía, ahí por 1998. Tras las convulsiones sociales de 2001 y la devaluación del peso, en 2003 en elecciones presidenciales anticipadas, le ganó a Menem, presentándose igual que ahora, como un antineoliberal de centroizquierda. Habiendo completado el mandato interrumpido de Fernando de la Rúa tras la dimisión (y convocatoria a elecciones anticipadas) de su sucesor provisorio, Eduardo Duhalde, gobernó en total 5 años en vez de 4. En 2007, en lugar de postularse a la reelección, hizo que se presentara su mujer, Cristina Fernández de Kirchner (entonces senadora nacional), ganando fácilmente las elecciones de diciembre de 2007, con una aprobación real de más o menos el 50%. No existe hasta el momento razón alguna para diferenciar a Néstor Kirchner de Cristina Fernández de Kirchner, dado que las decisiones políticas son tomadas uniformemente.

El gobierno nacional, no es una clase política que haya llegado al poder a través de las luchas populares, o apoyándose en ellas, como, a pesar de todas las críticas viables, ha sido el caso de los gobiernos reformistas de Evo Morales y Hugo Chávez. En el caso del primero, si bien ha introducido reformas leves, ¿es hoy capaz de evitar que Bolivia se encamine a una guerra civil a corto o como máximo a mediano plazo, ya que la burguesía boliviana es en su mayoría visceralmente racista y golpista? Ésta no va a dudar, cuando dé el golpe, en fusilar a todo progresista, indígena o mestizo que encuentre en el gobierno (y no sólo en el gobierno). Pienso que no es muy distinta a largo plazo la situación del gobierno venezolano. Ellos deben buscar apoyo en las clases populares para asegurarse hasta la misma supervivencia física, porque, además, han ido ya demasiado lejos para el gusto del gran capital, el gusto imperialista. Es necesario evaluar la profundidad del proceso latinoamericano que se centra en estas figuras, que constituyen sin duda unas de las personalidades del reformismo más rescatables. Tanto en Bolivia como en Venezuela, el proceso excede ampliamente a estas figuras y sus respectivos gobiernos, tanto en riqueza como cronológicamente.

En cambio, el gobierno kircherista argentino, ha surgido directamente del amplio repliegue de nuestras luchas sociales desde 2002, expresado en un momento de reflujo de frágil duración, y así indirectamente surge de una oportunidad de recuperación de la subordinación capitalista mediante hegemonías flexibles al desprestigio manifiesto del neoliberalismo en toda Latinoamérica y del menemismo en particular aquí, centradas entonces en clases políticas personalistas, pro-capitalistas corruptos en la práctica pero pseudo-progresistas en el discurso.

El gobierno prácticamente no ha concretado medida progresista alguna, aunque resalta por encima del resto de los gobiernos de las últimas décadas por no profundizar sino mantener el modelo neoliberal. Su discurso, en cambio, sí es bastante populista, de centroizquierda, antineoliberal, mientras es muy fácil constatar que dentro de su aparato están, reciclados en “progres”, la mayoría de los funcionarios de tercer y segundo rango de la década menemista de los 90. Este gobierno ha tenido, en general, y hasta 2007, una satisfactoria imagen mediática y ha mantenido un nivel de aprobación exitoso. Se acerca discursivamente, con ligereza, a los gobiernos boliviano y venezolano, pero en la práctica es tan pro-capitalista en materia económica como el gobierno de Lula en Brasil.

Muchos analistas políticos, funcionarios del pseudo-progresismo, intentan rescatar la actuación del gobierno nacional en materia de derechos humanos, sobre todo en el enjuiciamiento de los militares y demás genocidas de la última dictadura. Esto es mentira. Durante los últimos cinco años, muy raramente un genocida ha sido acusado de crímenes de lesa humanidad, y más raramente un genocida ha conocido la cárcel común, y si ha ocurrido, es meramente un oficial de alto rango con responsabilidad jerárquica evidente y pruebas contundentes. El resto del aparato golpista y genocida permanece, veladamente, dentro del aparato policial o también dentro del aparato estatal.

Este gobierno, que en los discursos defiende los derechos humanos y ha logrado cooptar a muchas de las Madres de Plaza de Mayo, símbolo histórico de la lucha por los desaparecidos del proceso militar, en cambio, cuando adquirimos niveles persistentes de lucha que le estorban, en algunos casos incluso nos ha enviado la Gendarmería Nacional, la cual ha militarizado pueblos y cometido violaciones a los derechos humanos tales como detenciones masivas, abusos sexuales, golpizas en comisarías y redadas casa por casa, mientras en los discursos nunca nos encaró. En huelgas menores, envía a sus fuerzas gremiales de burócratas y mercenarios de choque a reprimirnos a las patadas, a los palazos y hasta eventualmente con armas de fuego.

Pero algo es cierto: los discursos oficialistas y algunos gestos mediáticos de destitución de un par de oficiales o construcción de “museos de la memoria”, si bien en nada coinciden con la realidad concreta en una política de derechos humanos, no por ello dejan de incidir en la opinión pública: la derecha abiertamente golpista en argentina es hasta la fecha absolutamente marginal y deslegitimada. Sus principales defensores se esconden, cobardes y oportunistas, bajo una derecha opositora en el marco de la democracia representativa, y son así conocidos públicamente. Los que defienden abiertamente el golpismo están reducidos a pequeñas organizaciones autoreferenciales y tribus urbanas que trabajan encubiertos dentro y fuera del aparato policial y represor. Existen unas pocas excepciones, figuras más o menos conocidas que relativizan el genocidio y lo justifican en base a una supuesta "guerra contra el marxismo", calcando el modelo chileno. El discurso de la derecha liberal al respecto es denunciar que no se juzgan igualmente a los integrantes de la lucha armada de izquierdas, lo que se conoce como "teoría de los dos demonios". En cuanto al Ejército, es muy débil y es el centro de la deslegitimación. Su recomposición como institución influyente en el ámbito de la política es improbable aun a largo plazo. Así, a diferencia de Chile, aquí casi absolutamente ningún político se atreve a defender ni justificar públicamente el proceso militar, e incluso todos hacen lo posible (empezando por los Kirchner) por barrer bajo la alfombra su desempeño durante el gobierno menemista, que con la correlación de fuerzas finalmente a su lado, pudo llevar a cabo la implementación del modelo neoliberal que la dictadura y el genocidio destrabaron política y económicamente.

Todo ese “aire de centroizquierda” en Argentina durante la época de Néstor Kirchner no se debió evidentemente a ninguna voluntad subjetiva de los grupos políticos, sino a cierto reacondicionamiento hegemónico que triunfó como opción, entre otras opciones. Tal elección estuvo condicionada por los eventos de la rebelión social de 2001 y la lucha por la memoria, la justicia y la verdad respecto al genocidio de las generaciones del 70. Pero para la imposición de cierta hegemonía, como para muchos otros asuntos, una cosa es triunfar como opción, y otra cosa es concretarse exitosamente. Lo que podemos decir más bien es que existió una cohesión de los sectores capitalistas mediante una hegemonía embaucadora de los sectores subalternos, que se pudo dar debido al marco de ciclo corto económico previo a la crisis capitalista mundial desatada finalmente en octubre de 2008.

Políticas económicas pseudo-progresistas

La política económica gubernamental ha consistido en estimular un tímido desarrollo industrial y sostener el empleo. Tiene dos aspectos intocables que defiende y defenderá incondicionalmente: bajos salarios reales y dólar alto, ambos para permitir ganancias descomunales para ellos y para los otros capitalistas. Sólo se permitirá el gobierno estimular el empleo si puede evitar una suba de salarios. Básicamente, si la situación económica en la región ha mejorado respecto de la crisis del 2001, es por una coyuntura objetiva económica y mundial casi inédita (pero igualmente limitada en el tiempo) que proporcionó aquí a las burguesías ganancias multimillonarias, nunca antes vistas. Esto ha estimulado la inversión, y el empleo ha crecido ligeramente.

En los análisis históricos sobre Argentina lo primero que salta inmediatamente a la vista es que hace más de cinco décadas que la socialdemocracia dejó de existir como vehículo ideológico de vanguardia de la “conciliación” de la lucha de clases; a diferencia de otros países, acá tuvimos algo más cancerígeno, el peronismo. Si bien éste ha probado ser en su momento mucho más movilizador que la izquierda tradicional, y así las tendencias peronistas de izquierda (principalmente de los 70') deben ser analizadas aparte, el peronismo ha sido también una poderosísima herramienta de consenso, que nunca pudo ser reemplazada por una oposición de derecha (los "gorilas"), intento que por reacción nutrió a la tendencia peronista de izquierda. Así la derecha se tuvo que acomodar dentro del peronismo, y desde ahí anticipar el genocidio de la última dictadura como luego el modelo neoliberal de la mano del menemismo.

Como era de esperar, la política discursiva de los Kirchner está repleta de alusiones al primer gobierno peronista (1946-1952), empezando por la similitud grosera del matrimonio Kirchner con el matrimonio de Perón con Eva Duarte (Evita). Muy por el contrario, en la práctica ni siquiera intenta imponer a la burguesía medidas elementales, de sentido común de un gobierno populista, como las que sí aplicó Perón. Por ejemplo, un organismo estatal que regule y monopolice el comercio exterior, hacer escuelas, hospitales y obras públicas, fomentar una industrialización planeada o desarrollar el interior.

Ahora bien, no es cierto que el gobierno kirchnerista negocie menos con los trabajadores y estudiantes, ocupados y desocupados que Perón (que sí lo hacía, otorgando algunos beneficios considerables): por el contrario, directamente no negocia. Jamás negoció. El gobierno nacional sólo ha negociado con la burguesía: la Sociedad Rural, la Unión Industrial, la Bolsa de Comercio, los inversores extranjeros y los organismos financieros internacionales.

Los trabajadores (en su sentido amplio) no existimos como interlocutores nunca. El único sindicato reconocido oficialmente es la Confederación General del Trabajo (CGT) saturada de burócratas, militantes clientelares y mercenarios destinados a amedrentar y agredir a quienes luchamos. La misma CGT que aplaudió literalmente cada medida del menemismo[2], hoy aplaude cada medida del gobierno y actúa como “gendarmería gremial” en los conflictos. El otro sindicato es la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA), la cual lleva años exigiendo la titularidad gremial a los gobiernos peronistas, que como es de esperar se oponen férreamente a otorgársela. Durante esta etapa que analizamos, la CTA realiza acciones combativas si es presionada por las bases, pero su dirección es moderada y frecuentemente intenta caerle bien al gobierno, con la ilusión de que éste le otorgue la titularidad.

Reparto de la torta, sojización e inflación

Hasta el 11 de marzo de 2008, el impuesto a las exportaciones ha ido subiendo paulatinamente hasta llegar al 34%. Esto, más otros impuestos como el IVA, le ha permitido al gobierno acumular en el Tesoro Nacional hacia finales de 2007 una cantidad significativa de reservas: 50.000 millones de dólares. Así, mientras el gobierno nacional asegura a las agroindustrias (principales exportadoras históricas) un negocio mucho más que redondo, debido al bajo impuesto a la exportación y la relación tres pesos un dolar, se procura asimismo una porción considerable de las ganancias.

La “retención a las exportaciones” es asumida por el gobierno como una medida por sí misma progresista y popular. Esta mentira es escondida en cada discurso por una mentira mayor de que lo recaudado es redistribuido. Por el contrario, no se ha gastado eso en nada por el estilo. Las recaudaciones impositivas están realmente destinadas a mantener el dólar alto y sobre todo a pagar el desembolso anual más intereses de la deuda externa (haciendo siempre como si no existiera) y subsidiar capitalistas. En Argentina, los impuestos a las exportaciones afectan sobre todo a las agroindustrias, ya que la minería, la renta financiera y los hidrocarburos están prácticamente exentos de tal impuesto. Por el contrario, son estos últimos unos de los que reciben más subsidios, y así se llevan al exterior, técnicamente más que gratis, los recursos naturales, en particular las numerosas empresas con relación íntima con la familia Kirchner.

El gobierno nacional, durante toda su gestión, aunque lo niegue eventualmente según la táctica discursiva, se ha dedicado a profundizar la “sojización” del campo (un proceso que ya tiene 10 años), alcanzando niveles de producción y rentabilidad colosales. Hacia mediados de 2008, casi dos tercios de la producción agropecuaria consiste en soja y otras oleaginosas transgénicas, cuyo principal comprador es China y la Unión Europea. La destrucción de la producción de carne, harina y otros alimentos por semejante ventaja competitiva de cultivar oleaginosas, más la subida cada vez más empinada del nivel mundial de precios de los alimentos, más la concentración monstruosa de tierras que provocan la producción de oleaginosas y una retención a las exportaciones que no discrimina y empuja a los pequeños y medianos propietarios y patrones rurales a la quiebra, han ocasionado, a partir de 2005, una inflación cada vez más pronunciada. Kirchner, entonces, presionado políticamente por el primer inconveniente importante de su gestión, decidió subsidiar un poco a las burguesías industriales y comerciales pagándoles la diferencia de precio para atenuar un poco la subida de precios y también para aliviar una suba de los salarios reales. Las retenciones a las exportaciones, además de que implican ganancia para el gobierno de los Kirchner, evitan una subida aun mayor de los precios.

Simultáneamente, este gobierno mantiene impuestos completamente regresivos como el 21% de IVA indiscriminado. Mientras el ingreso fiscal por impuestos a la exportación ronda el 10%, el 40% proviene de un impuesto al valor agregado récord en el mundo, el cual, al existir absoluta permisividad en la fijación de precios por las patronales, y al ser el IVA indiscriminado según se compren ferraris o lácteos, el impuesto encarace toda la canasta básica, es decir lo pagamos nosotros. En ausencia de control estatal alguno sobre el poder de mercado de los capitalistas, el impuesto indirecto se traslada al precio de las mercancías, produciendo una inflación inmediata de entre 15% y 21% en los productos más necesitados y de demanda inflexible. En otras palabras, estamos en neto pagando la "lumpenización" de la industria local, la inversión extranjera para que se lleve nuestro producto, y los hidrocarburos y la minería para que contaminen y se lleven los bienes naturales.

Sin duda deben existir gravámenes a la ganancia capitalista. Deben ser implementados al conjunto de los sectores y en particular a quienes obtienen ganancias extraordinarias. Los impuestos son necesarios si uno disputa al Estado el gasto, para eliminar la miseria social, modificar económicamente nuestra correlación de fuerzas, etc., pero siempre y cuando nos prevengamos de que el gasto social no sea utilizado para hacer descender el valor de nuestra fuerza de trabajo en favor del capitalista o como método clientelar en manos de las organizaciones afines al gobierno.

Un impuesto a la exportación evita un encarecimiento leve de la canasta básica y disminuye en parte las ventajas competitivas de las oleaginosas frente a la producción de alimentos. Pero estoy criticando la existencia actual de tales retenciones, es decir, tal como están implementadas e insertas en el modelo, por dos cosas. La primera razón es que no han sido redistribuidas para nada: eso es lo último que iría a hacer este gobierno, y sin ninguna duda preferiría reducir las retenciones a las exportaciones a verse obligado a redistribuir el mismo porcentaje, exceptuando medidas tácticas de consecuencias hegemónicas. La segunda razón es que un impuesto a la exportación que no discrimina la rentabilidad del productor contribuye a la concentración de tierras.

Pero ojo: contribuye. la causa principal de tal concentración (el 70% de la producción agraria en manos de 4 empresas hacia fines del período) hay que buscarla en la "sojización" y "oleogización" ("casualmente" el mismo porcentaje) también incentivada por el gobierno, y no en el impuesto a las exportaciones. Lo mismo para el caso de la inflación, en un país históricamente capaz de alimentar a toda Latinoamérica y, hacia el final de mandato de Néstor Kirchner, productor especializado en la soja transgénica, un insignificante yuyo cuasi-artificial y cuasi-incomestible, utilizado mayormente para la producción de "necrocombustibles" y como "basura balanceada" para el ganado porcino de China.

El organismo oficial encargado de fijar el índice de precios, el INDEC, ha sido intervenido a partir de mediados de 2006 y utilizado para deformar las estadísticas económicas, continuación de la manipulación del índice de "crecimiento" económico, que ya de por sí es un eufemismo irrisorio referente a la tasa de ganancia capitalista y no a la situación de los trabajadores. Cualquier encuestadora privada seria, registra hacia comienzos de 2008 como mínimo la mitad del crecimiento económico, un triple de inflación, y ergo un triple del precio de la canasta básica que el INDEC, el cual ha perdido toda credibilidad, salvo para el oficialismo. Además de ser éstos los números manejados en el discurso, la manipulación de índices es una forma de mantener salarios bajos, buenas inversiones y bajo interés de deuda. En tal sentido, no sólo los trabajadores padecemos desocupación, tercerización, flexibilidad laboral, no sólo la enorme mayoría trabajamos informalmente (en eso consistió la vaga "creación de empleo" del gobierno: empleo neoliberal), sino que además tenemos los salarios cada vez más por debajo de la canasta básica.

Hacia mayo de 2008, sólo un cuarto de los trabajadores ganamos promedio 900 pesos por mes, mientras la canasta básica se ubica alrededor de los 1400 pesos. Uno de los secores con peores ingresos lo constituyen, y no casualmente, los trabajadores rurales. Mientras, el gobierno maneja datos irreales, y como tal sus cálculos técnicos suelen serle confusos para incluso sus propias políticas. De todos modos, los capitalistas del agronegocio, no conformes con sus millones, protestan desde hace rato ante lo que consideran una “confiscación” y “expropiación”, mientras en Europa los impuestos a la exportación llegan a abarcar la mitad del PBI. Estas protestas no surtieron mucho efecto en la gestión de Néstor Kirchner.

Se da al comienzos de 2008 la feroz disputa por la ganancia agraria originada en un paro colosal de los patrones, arrendatrarios y propietarios rurales medios y lock out de los capitalistas del agronegocio (con el apoyo de todo el abanico opositor de derecha y también de ciertas organizaciones de izquierda que piensan sin vergüenza que todo debilitamiento de un gobierno es progresivo). Ésta comienza el 11 de marzo de 2008 y dura hasta mediados de julio, cuando se anuló en el Congreso la resolución presidencial 125, que implementaba retenciones móviles junto al aumento del precio de las oleaginosas, retrocediendo tras dicha derogación a un gravámen del 34%. Jjunto la increíblemente patética incapacidad de salvataje político de un gobierno que se ha mostrado como necio, mentiroso, prepotente y bruto, este conflicto es la bisagra de una nueva etapa histórica de Argentina, que se esboza hacia fines de 2008 como una crisis política gravísima, de dilapidación masiva de apoyo social oficial sin igual desde 2001, con un reagrupamiento incipiente de la derecha opositora, una ruptura cada vez mayor de muchas organizaciones de apoyo al gobierno, y una izquierda ciega y fragmentada. Un nuevo giro en la perspectiva de coyuntura lo ha iniciado la crisis capitalista mundial precipitada en octubre del mismo año. Esta segunda etapa, y su bisagra serán analizadas en otro momento.



[1] Montoneros era una guerrilla peronista de izquierda la cual vivió siempre con la mentira ilusa y fuera de toda realidad de que Perón (en el exilio y luego fallecido poco después de ganar las elecciones) proponía una “patria socialista”. Cuando comprobó Montoneros finalmente por boca del mismo Perón que no era así, siguió sosteniendo ridículamente, hasta su disolución durante el proceso militar, que Perón había sido engañado por su vicepresidente y segunda esposa, Isabel Perón y por la derecha peronista en el poder. Vivía enfrentándose militarmente con la ultraderecha peronista, y luego el golpismo y los militares, con otra ilusión completamente estúpida e irreal: que podía ganar, y que, sobre todo, estaba ganando.

[2] En cambio, al gobierno de Raúl Alfonsín, previo a Menem, como no era peronista (Partido Justicialista) sino de la Unión Cívica Radical, la CGT le hizo la vida imposible: sufrió en total 14 paros generales entre 1984 y 1989, sólo por realizar tímidas privatizaciones y otras reformas neoliberales.

Aportes a la crítica de la autonomización leninista de la política

¿Cómo cambiar la sociedad, cómo acabar con el sistema capitalista? Durante gran parte del Siglo XX el medio utilizado por millones fue el partido revolucionario formulado por la “tradición leninista”. Expondré sus fundamentos básicos y generales y estableceré una crítica desde un punto de vista que considere la perspectiva de la pregunta que he presentado. No pretendo brindar ninguna crítica recién nacida, sino sistematizar teóricamente lecciones y puntos de vista que he recopilado, forjados en años de experiencias sociales transmitidas.


Esto no pretende ser una crítica directa a Lenin. Tampoco una crítica ahistórica, que pretenda enredarse en las típicas discusiones sobre "qué habría pasado" si el leninismo no tomara el poder (o no formara una burocracia), o si habría sido posible evitarlo y cómo según la necesidad coyuntural, etc. Esa no es mi intención aquí. Ésta es una crítica que toma como base la pregunta por la revolución aquí y ahora. Existen muchas críticas a Lenin y a Trotsky por sus decisiones de ser erróneas en la circunstancia, algunas muy interesantes. Creo que tales críticas son en cierta medida deseables y necesarias, pero no son las críticas que me convocan ahora.

Partido y conciencia

"mediante la uniformización teórica de sus miembros y su organización independizada de la clase, el partido supone la abstracción cada vez mayor de la teoría en relación a la conciencia práctica, hasta el punto de que sirva para justificar cualquier cosa y que los conceptos pierdan su sentido práctico original para adquirir otro sentido, puramente abstracto e ideológico." (Roi Ferreiro, Por qué necesitamos ser anti-partido)

Este partido tenía la característica de estar conformado por una estructura jerárquica acorde a su función: formar, en su interior, a los militantes según la línea seguida por el comité central, es decir, homogeneizar intelectualmente a sus miembros, parte de organizarlos bajo un mando centralizado. En cuanto a los no-militantes, especialmente a los estratos bajos asalariados, su tarea era convencerlos que su línea era la indicada con el fin que engrosaran la militancia del partido y/o le dieran apoyo para su objetivo principal: tomar el poder del estado. A través del estado implementarían la transición a una economía socialista para, una vez concluida, a través de esta conclusión disolver el estado y dar lugar a la sociedad comunista.

El siguiente texto de Vladimir Lenin nos proporcionará una base para tratar la temática:

"Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser traída desde fuera. La historia de todos los países demuestra que la clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente con sus propias fuerzas sólo una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patrones, reclamar al gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por intelectuales, por hombres instruidos de las clases poseedoras [...] la doctrina teórica de la socialdemocracia ha surgido en Rusia independiente por completo del crecimiento espontáneo del movimiento obrero, ha surgido como resultado natural e ineludible del desarrollo del pensamiento entre los intelectuales revolucionarios socialistas." (Vladimir Ilich Lenin, ¿Qué Hacer?, cap 2)

Hago notar que este es un 'escrito temprano' de Lenin (1902); de hecho todavía se considera parte de la socialdemocracia rusa. De todos modos, es la línea con la cual se han formado la enorme mayoría de los partidos leninistas durante el siglo XX: los cambios ulteriores de su teoría no representan un inconveniente a la crítica que voy a desarrollar aquí. Cuando Lenin habla de "conciencia socialdemócrata" se refiere básicamente a la conciencia revolucionaria o, en otras palabras, a la 'llevada' por el partido.

La cita básicamente se puede resumir en los siguientes enunciados:

A) En la sociedad capitalista, además de las (dos únicas) clases sociales (antagónicas) presentadas en El Capital, existe un afuera, en el cual se ubican el partido y los intelectuales.

B) La lucha "espontánea" del movimiento obrero es una lucha económica, es decir, que se mueve en el plano de la renegociación de la mercancía-mano-de-obra, y por lo tanto no en el plano político-ideológico. En otras palabras, en las teorías leninistas lo político y lo económico se relacionan como componentes separados. El siguiente enunciado refuerza esta concepción:

C) Lo social existe escindido. La clase existe separadamente en sí y para sí. En sí, como elemento objetivo, como categoría analítica económica, como clase explotada y dominada, cuya lucha es únicamente sindical, el replanteo de las condiciones de intercambio de la relación de producción. Para sí, cuando, una vez que es ‘concientizada’ por el partido revolucionario (cuando “plasman”), se convierte en sujeto revolucionario, categoría analítica política pegada al partido, como clase revolucionaria en tanto que siga la línea teórica del partido. Esto significa que la clase explotada posee conciencia tradeunionista hasta que el partido proporcione conciencia revolucionaria.

D) En Rusia, los ‘clásicos’ marxistas, hombres de estratos medios o altos, han desarrollado la conciencia revolucionaria desde su posición exterior al contexto de la lucha de clases. No es la lucha de la clase trabajadora en términos revolucionarios la que brinda lecciones, sino las lecciones brindadas desde afuera y a través del partido las que hacen que la clase trabajadora luche en términos revolucionarios. Ciertamente, Lenin está hablando de los trabajadores asalariados rusos y de los marxistas rusos en particular, pero los teóricos leninistas (actuales y no tanto) ¿acaso, en general, no se llaman así por querer “aplicar”, practicar tal interpretación en su tiempo y lugar?

Todos los enunciados que he expuesto no son los únicos que merecen una crítica (por ejemplo, la idea de que la historia demuestre) pero dadas las pretensiones y la longitud de este texto, éstas son las que considero necesarias tratar. Estos postulados que atribuyo a las teorías leninistas no han sido en general sistematizados teóricamente sino que se encuentran al menos implícitos en sus teorías y metodologías, al menos en la mayoría de sus estrategias, al menos en la mayoría de sus ramificaciones.

Fetichismo y estados

“El partido es un elemento extraño en la producción social justo como la clase capitalista era un tercer factor innecesario respecto a los dos que se necesitan para la administración de la vida social: los medios de producción y el trabajo. El hecho de que los partidos participen en las luchas de clases indica que esas luchas no tienden a una meta socialista” (Paul Mattick, El Partido y la Clase Obrera, cap. 3)

El fetichismo de Marx es central en su obra El Capital. El concepto de fetichismo habla de la crítica a un mundo de formas absurdas, disparatadas y místicas [1], donde los resultados de la actividad humana la dominan en lugar de ésta dominarlos. En este mundo, las relaciones entre personas se nos presentan en forma fetichizada o reificada, como relaciones entre mercancías mediadas por las personas en lo económico.

¿O como relaciones entre instituciones, o representantes, mediadas por las personas, en lo político? Marx no sugiere esto. Desde su punto de vista, en todo caso, no serían equivalentes, dado que las condiciones sociales de vida determinan fundamentalmente a las formas jurídico-políticas y de conciencia, y no al revés. Pero sí es sugerible lo político como un retrato de lo económico, y en ese sentido, es posible entender críticamente las formas de conciencia, lucha y organización como fetichistas.

La historia vulgar moderna es buen ejemplo de una gran fetichización. Sin distinciones claras, todos nosotros, o bien al menos la mayoría, somos capaces de ser concientes de los sucesos históricos de una forma inédita en cualquier otra sociedad precapitalista. En esta sociedad, la historia no es estrictamente secreta ni necesariamente manipulada adrede. Podemos adquirir cierta conciencia de los fenómenos que hemos producido, y sin embargo, la historia no es realmente nuestra, no la controlamos. Es la historia de los estados y las fuerzas productivas. Es realmente tal. No es sólo una ilusión ideológica; no es una falla de análisis: no hemos estado en la memoria en la historia porque no la hemos controlado, porque no la hemos concretado como nuestra.

La crítica a partir del fetichismo es rebelde, inquieta. Penetra en las categorías capitalistas y critica sus abstracciones. Si la política es un retrato de lo económico, entonces existe una abstracción concreta e histórica: la crítica anti-fetichista reconoce que la separación entre lo económico y lo político es impuesta por el capital. Es necesario destruir la política y la economía como elementos separados.

Pero si nuestra crítica es de la economía y de la política, ¿ha de ser una crítica económica de la economía? ¿Ha de ser una crítica política de la política? ¿O debemos ir más allá de estos conceptos y mostrar al capitalismo, no como un sistema, sino como una sociedad en lucha, inestable, llena de incertidumbres?

Este argumento ataca de lleno la idea leninista de que el estado es una herramienta, un objeto-institución usado por una clase dominante, definido por sus funciones:

"el Estado es una ‘fuerza especial de represión’. Esta magnífica y profundísima definición de Engels es dada aquí por éste con la más completa claridad. Y de ella se deduce que la ‘fuerza especial de represión’ del proletariado por la burguesía, de millones de trabajadores por un puñado de ricachos, debe sustituirse por una "fuerza especial de represión" de la burguesía por el proletariado (dictadura del proletariado). En esto consiste precisamente la ‘destrucción del Estado como tal’. En esto consiste precisamente el ’acto’ de la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad [...] La sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta. La supresión del Estado proletario, es decir, la supresión de todo Estado, sólo es posible por medio de un proceso de ‘extinción’" (Vladimir Ilich Lenin, El Estado y la Revolución, cap 1, punto 4)

¿Destrucción del estado burgués y posterior estado proletario? Pero si entendemos al Estado como una relación social (como una organización, una forma de articulación social), fetichizada y así histórica, es decir propia del capital, y no como un instrumento que se puede rellenar con una clase u otra, ¿la dictadura del proletariado es un estado? ¿qué es la dictadura del proletariado?

"La ‘sociedad actual’ es la sociedad capitalista, que existe en todos los países civilizados, más o menos libre de aditamentos medievales, mas o menos modificada por el específico desarrollo histórico de cada país, más o menos desarrollada. Por el contrario, el ‘Estado actual’ varía con las fronteras nacionales. […] Sin embargo, los distintos Estados de los distintos países civilizados, pese a la abigarrada diversidad de sus formas, tienen de común el que todos ellos se asientan sobre las bases de la moderna sociedad burguesa, aunque ésta se halle en unos sitios más desarrollada que en otros, en el sentido capitalista. En este sentido puede hablarse del ‘Estado actual’, por oposición al futuro, en el que su actual raíz, la sociedad burguesa, se habrá extinguido." (Karl Marx, Crítica del Programa de Gotha, cap 4)

El Estado es definido como forma política fragmentada integrante de la sociedad capitalista. Del mismo modo que la totalidad de la sociedad capitalista es una dictadura de la burguesía encubierta en la apariencia de un juego múltiple de estados con sus respectivos regímenes, soberanías y economías nacionales, Marx hablaba de la revolución social como la 'dictadura del proletariado':

"El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital; para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante […] Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, y el Estado de este período no puede ser otro que la 'dictadura revolucionaria del proletariado'." (Karl Marx, Manifiesto Comunista, cap 2)

La revolución es entendida aquí como una dictadura social de masas que se apropia como productores de los medios de existencia, y no precisamente un orden totalitario específico, un fetiche político alternativo, como cree entender Lenin. Pero Marx sí lo llama Estado. De ningún modo la crítica al leninismo requiere evitar realizar críticas a Marx, pero sí rescatar, reactualizar y llevar a sus últimas consecuencias sus concepciones más lúcidas.

Lenin no es ajeno de ningún modo a estos textos, sino que por el contrario, en El Estado y la Revolución teoriza fundamentalmente sobre ellos. Esta obra, sin embargo, es generalmente aceptada como la más libertaria de su teoría. En el párrafo precedente a lo citado, llega a hablar de un “estado o semi-estado proletario”. Lenin en este escrito llega entonces a prolongar la ambigüedad de definiciones sobre la forma estado ya contenidas en el pensamiento de Marx y Engels. Éstos últimos tendrían sus razones más o menos comprensibles para tal ambigüedad, tanto del tipo de posturas con las que discutían fundamentalmente (el socialismo blanquista y lasalleano por un lado, y el anarquismo bakuninista y prodhoniano por el otro) y además su valoración no del todo desacertada de qué era lo que estaba históricamente en juego, entre las primeras prioridades, para la teoría que desarrollaban.

Tras la experiencia de la Revolución Rusa, sin embargo, esta indefinición no puede ya dejarse irresuelta de ningún modo. El estado-nación moderno debe ser entendido como forma social capitalista al igual que la mercancía. Al contrario de la definición trotskista de “estado obrero deformado”, sostengo que todo estado obrero es una deformación. Del mismo modo que el control directo del producto por los productores no puede ser denominado “mercado proletario”, su forma organizativa acorde a tal control directo no puede ser denominada “estado proletario”. Aunque sirva esta comparación para esbozar la monstruosidad del término “estado obrero”, no olvidemos que la escisión política-economía es la que origina la escisión estado-mercado. La crítica a estas escisiones se va a profundizar en el posterior desarrollo del texto.

Lenin, en general, entiende como estado posrevolucionario una sociedad con propiedad estatizada y mando centralizado. Esta concepción recorre todo el cuerpo de las teorías leninistas y trotskistas sin ningún desacuerdo importante. Evidentemente, en tal concepción la relación salarial continúa. Con ella la producción de mercancías y la recreación continua de una clase explotadora. El ejemplo de la URSS es claro al respecto. La burguesía es una personificación de una relación social; si el trabajo asalariado prosigue es inevitable la formación de una nueva "personificación del capital". El capital, entonces, puede perdurar aún sin su clase original mientras se mantenga una separación del productor de los medios de producción. La burocracia estalinista se revela pues como…

“la continuación del poder de la economía, el salvamiento de lo esencial de la sociedad mercantil mediante el mantenimiento del trabajo-mercancía. Es la prueba de la economía independiente que domina la sociedad hasta el punto de recrear para sus propios fines la dominación de clase que le es necesaria: lo que equivale a decir que la burguesía ha creado un poder autónomo que, mientras subsista esta autonomía, puede hasta llegar a prescindir de la burguesía. La burocracia totalitaria no es ‘la última clase propietaria de la historia’ en el sentido de Bruno Rizzi, sino solamente una clase dominante de sustitución para la economía mercantil.” (Guy debord, La Sociedad del Espectáculo, cap 4, tesis 104)

Clase como imposición

“La izquierda política siempre ha rendido honores al trabajo con especial celo. No sólo ha elevado el trabajo a esencia del ser humano, sino que también lo ha mistificado así a supuesto principio opuesto al capital […] la clase obrera como clase obrera ha sido en tan poca medida la contradicción antagonista y el sujeto de la emancipación humana como, por otro lado, los capitalistas y directivos han dirigido la sociedad por la maldad de una voluntad subjetiva de explotación […] El punto de partida no puede ser un nuevo principio abstracto general, sino solamente el hastío ante la propia existencia como sujeto del trabajo” (Grupo Crisis, Manifiesto contra el trabajo, caps 6-16)

Un aspecto central de la noción de clases leninista es el punto de partida abstracto, a priori, desde el trabajo fetichizado (el trabajo abstracto), y así la conciencia de clase tradeunionista. En su análisis, la praxis es a priori subordinada, demarcada alrededor del contrato de subordinación mercantil de la actividad humana y, a partir de esto, la única salida de la alienación se visualiza como la conciencia del partido. La clase está predefinida según el parámetro de la subordinación.

Los que son demarcados en base a su sumisión al mando del capital son en la teoría leninista los que deberán actuar de vanguardia y encabezar las luchas anticapitalistas siempre que existan. Sin embargo, autoengaños aparte, las verdaderas vanguardias terminarían siendo frecuentemente sus propios intelectuales, de estratos sociales diversos, ya que estos deben 'educar a las masas'. Es muy común en los leninistas descuidar la relación poder-pedagogía-sujeto.

Sino, desde la perspectiva del leninismo el partido no sería siempre necesario. Reconocer a otros como suficientemente conscientes, es imposible, ya que no pertenecer al partido es en sí, al menos a largo plazo, un error fatal, y sostener la existencia de diferentes puntos de vista conscientes es negar su necesidad de representar, concientizar o dirigir.

En la época de Marx, la clase obrera era una experiencia muy empírica. Pero no pensaba en la clase sino como el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual. Mucho más en sus “escritos maduros”, pero en casi toda su vida adulta casi nunca le importan mucho las definiciones de campesinado, de clase media, baja, alta, etc, tampoco la categoría pueblo y el nacionalismo. Sus clases fueron el antagonismo del capital contra el trabajo, en la forma del antagonismo dual de formas cualitativamente diferentes de la práctica social ocultas en la forma mercancía.

A diferencia del análisis –incompleto, por cierto– en El Capital de la clase, donde la categoría trabajo cumple la función de crítica de la economía política, es decir, de des-mistificación del mundo de la mercancía, en los discursos leninistas la clase suele ser tal por ser precisamente una mercancía: entre la clase trabajadora en sí y la clase trabajadora en-sí-y-para-sí media un ingrediente siempre necesario; tener como centro y mediador al partido.

El partido es en las corrientes leninistas la única salida a esta noción fetichista del trabajo, y al mismo tiempo, un fetiche, dado que se nos presenta a la vez a) con la apariencia de un poder inalcanzable al trabajo, por ser una (o inclusive, “la”) conciencia revolucionaria de clase producida por fuera de las experiencias de lucha revolucionaria de clase –las cuales dicha conciencia niega existir sin ella, negación que conduce a un círculo vicioso al mejor estilo “el huevo y la gallina”– y b) como un mediador y representante de clase

Es importante remarcar que desde la noción a priori del trabajo como trabajo abstracto (como trabajo productor de valor, de que la clase revolucionaria es tal por su encuadramiento bajo la forma social de relación capitalista de explotación) no se derivan directamente los postulados de las teorías leninistas. La poco feliz solución teórica del partido es la salida encontrada por el leninismo al dilema teórico de un mundo supuesta y cerradamente cosificado, el sujeto político capaz de convertir a la clase de objeto en sujeto. Lenin no niega la fetichización consumada del mundo, simplemente niega su capacidad autosuficiente de emanciparse desenvolviendo mecánicamente sus contradicciones (como sí creía Kautsky, por ejemplo), y así le agrega un elemento no objetivado: la conciencia del partido, el sujeto autónomo político.

Clase, fetichización y sujeto

“Hay que dejar de lado la intención de definir al sujeto revolucionario. Resulta imposible derivarlo analíticamente de la “lógica” del capital, y tampoco el partido puede decretar su existencia, como si se tratara de un mero soldado de infantería. El sujeto revolucionario se desarrolla a través de un constante conflicto con el capital y su Estado, y la composición social de dicho sujeto dependerá de aquellos que defienden la emancipación humana. En términos teóricos, el sujeto revolucionario sólo puede determinarse en términos de dignidad humana.” (Werner Bonefeld y Sergio Tischler, A 100 años del ¿Qué hacer?, prólogo)

¿Cuáles son las consecuencias que expongo de la crítica a la idea de un mundo consumadamente objetivado y cosificado? ¿Cuáles son las implicancias de realizar la crítica que las teorías leninistas evitan?

Mi tesis es la siguiente: la clase -el sujeto revolucionario- no esta constituida previamente a la lucha de clases. Se establece como lucha de clases; es tal porque lucha. Esto nos conduce a una noción mucho más amplia del sujeto revolucionario, a una noción no-identitaria. La concepción que he presentado aquí de las teorías leninistas tiene como eje su apreciación de la clase revolucionaria en una separación: clase abstractamente en sí, y clase en sí para sí. Como clase abstractamente en sí, no es un sujeto, sino una víctima. Es la misma clase que debe hacer la revolución, pero es un fetiche, no tiene conciencia ni por lo tanto acción consciente (solamente reproduce). Como clase en sí y para sí, es la clase revolucionaria que "empalma" con las ideas del partido. Es la misma clase que la considerada “víctima”, pero, además, lucha. Desde el punto de vista propio que expongo aquí, crítico de las teorías leninistas, sostengo que las clases no están establecidas de antemano. El establecimiento de las clases, la clasi-ficación, es en sí mismo lucha de clases. Por un lado, es una ofensiva del capital para identificar al sujeto que debe reproducirlo, una lucha para conformar la clase en tanto que trabajo abstracto. Por otro lado, la clasi-ficación es una producción por parte del mismo trabajo asalariado. Al producir valor, la clase asalariada se produce a sí misma, se produce como un objeto enajenado al mismo tiempo que produce la enajenación de su producto:

“El proceso capitalista de producción, pues, reproduce por su propio desenvolvimiento la escisión entre fuerza de trabajo y condiciones de trabajo. Reproduce y perpetúa, con ello, las condiciones de explotación del obrero. […] En realidad, el obrero pertenece al capital aun antes de venderse al capitalista […] El proceso capitalista de producción, considerado en su interdependencia o como proceso de reproducción, pues, no sólo produce mercancías, no sólo produce plusvalor, sino que produce y reproduce la relación capitalista misma: por un lado el capitalista, por la otra el asalariado” (Karl Marx, El Capital, vol I, cap 21, pags 711-712)

Además, en su lucha por renegociar la mano de obra, conforma también una identificación de sí mismo como mercancía. Tanto en lo que se refiere al capital, como a la clase asalariada, ambos dependen de la producción de plusvalía para seguir existiendo como tales. Sin duda, ante los no-ocupados, un trabajador ocupado puede sentirse afortunado, pero la realidad del capital y su trabajo asalariado es nada más que la desgracia de lo humano. Los partidos obreros leninistas en general apenas han llegado más allá de llamar a generalizar el interés del trabajador ocupado por medio de la propia representación partidaria, pero no a abolir el salario, no al menos en el curso de la revolución, sino luego, como si fueran cosas diferentes la abolición de las clases y la revolución, inclusive como si la revolución y el cambio social fueran etapas diferentes -aunque comúnmente consecutivas- de un mismo proceso.

Aquí llegamos finalmente a la situación del sujeto revolucionario: sostengo que la clase revolucionaria no se identifica en absoluto con la clase asalariada. La clase revolucionaria, por el contrario, es la lucha contra la clasi-ficación, contra el establecimiento de la definición o identificación de clase asalariada u obrera. Este establecimiento no es sólo un proceso dentro del ámbito abstractamente económico, es también, por ejemplo, una práctica teórica de los defensores del leninismo: para ellos la clase revolucionaria es la asalariada, sólo que le falta conciencia revolucionaria[2]. He aquí una muestra de cómo la teoría se mueve dentro de la lucha de clases, no puede situarse fuera de ellas.

Si este establecimiento, el de la clasi-ficación, debe repetirse, es porque encuentra continuamente resistencias, es decir, porque siempre es un proceso cuestionado y abierto, porque el fetiche no es un hecho acabado sino una fetichización[3], una lucha permanente, en este caso del capital, pero que se impregna dentro de las luchas salariales. Las luchas de los sindicatos en general, como otras formas (como por ejemplo una teorízación leninista del 'estado obrero'), son fetichizaciones dado que constituyen acciones en nombre de la identidad asalariada las cuales sólo alcanzan a reflejar lo que es la reproducción de las clases como tales en el plano de la producción de valor.

La relación “capital-trabajo asalariado”, sin embargo, es asimétrica: a pesar de que ambos perduran como tales a causa de que son reidentificados constantemente en el proceso en que están involucrados, es el trabajador el que a fin de cuentas protagoniza tal identificación, el que produce efectivamente ambas clases. Señalar la producción de ambas clases por parte de la clase trabajadora es situarla en el plano de sujeto que crea su propia objetivación y así su propia des-subjetivación. Ya no es un objeto. La clase contiene la lucha siempre; la clase es siempre en sí y para sí, pero de forma antagónica, dado que en su praxis contra sí misma crea su propia dependencia de un objeto que se presenta como ajeno. La lucha de clases existe como lucha continua entre fetichización y anti-fetichización, mistificación y des-mistificación.

La crítica de la economía política, como el trabajo de Marx, al no diferir cualitativamente de una lucha des-fetichizante del trabajo, es en sí misma una práctica des-fetichizante. No es una elaboración teórica que se mueva por sobre la lucha de clases, sino una lucha de clases.

La clase revolucionaria no es tal por estar situada en una relación social capitalista (como la producción de valor), sino por crear situaciones donde imperen relaciones sociales anticapitalistas, lo que implica necesariamente subvertir relaciones sociales capitalistas. La categoría de praxis que se maneja aquí es mucho más extendida que la reducida al trabajo abstracto o trabajo asalariado. Cualquier proceso vital y social, está enmarcado en la lucha de clases. Compone cada proceso creativo (cada trabajo concreto en su sentido amplio) y, simultáneamente, es una categoría antagónica, esto es, inmersa en la lucha de clases.

Todas las categorías utilizadas para encasillar sociológicamente a quienes no venden directamente su fuerza de trabajo ni son propietarios del capital, es decir, campesinado, pequeña burguesía, estratos medios, campesinado indígena, ‘los intelectuales’, la clase política, etc., categorías cuyo uso por el leninismo es referente a estratos o ‘clases’ marginales o por fuera de la lucha de clases (o en el caso de los intelectuales, los proporcionadores de la conciencia de clase), en el concepto no-identitario aquí expuesto, no son más que mistificaciones concretas, es decir, identidades establecidas continuamente por medio de la lucha de clases, y por lo tanto siempre en proceso de ser cuestionadas. También pueden ser reafirmadas en el ámbito de la conciencia, al ser aceptadas en presupuestos, como hacen las teorías leninistas, bajo el argumento de que constituyen categorías de análisis objetivas.

A modo de conclusión

“El partido existe como el educador, provisto de un conocimiento y una técnica especiales. Por supuesto, tenemos derecho a preguntar: ¿de dónde viene esta información y este conocimiento privilegiados? Lenin nos contesta claramente: de la ciencia positiva del marxismo […] No se puede hallar un espacio exterior a la lucha de clases, exterior a la alienación y la fetichización, desde la cual afirmar esta ciencia positiva. […] Es la explotación y el trabajo alienado, y no las “ideas científicas socialistas”, las que llevan a la clase de conjunto hacia la conciencia revolucionaria.” (Chris Wright, Crítica a El Estado y la revolución, en Revista Herramienta Nº 21)

En la des-mistificación del fetichismo, se pone en cuestión la separación entre economía y política. Se la pone en cuestión, no por ignorar o soslayar su existencia objetiva, sino porque, al ser una objetivación producida por una práctica cuya forma es histórica y a la vez constantemente repetida, se procede a revolucionar la práctica que la reproduce. Esto implica que el estado, la ideología y la política institucional no son meros instrumentos los cuales deben ser arrebatados por el partido (según algunas teorías leninistas) a la clase dominante para ser utilizados al servicio del cambio social. La política no es un elemento neutro, sino un componente fetichista de la lucha de clases, argumento que no se justifica en la refutación de todos y cada uno de los regímenes políticos posibles de realizar cambios decisivos para bien, sino en su consideración crítica de relación social o forma social capitalista.

Es en esta aceptación de la separación como consumadamente objetiva, en la lucha contra el mecanicismo kautskiano, en las condiciones de su génesis histórica (Rusia y el mundo de las dos primeras décadas del Siglo XX), y en la naturalización de la lucha de clases sin partido como lucha sindical, de la mano de la idea del sujeto revolucionario como los asalariados, donde emergen fundamentalmente las teorías partidarias leninistas. Es la justificación, por un lado, de una política en nombre de la clase explotada, y por el otro lado de su posición de intelectuales separados de la clase, justificación que termina imponiéndose en los medios de la revolución, degradando los fines. Esta idea, la de la emancipación desde arriba, es una emancipación política, no una emancipación social, y es tan incapaz de superar las relaciones de poder capitalistas, como de abolir las clases, como de garantizar con la simple voluntad, buena fe e infalibilidad de los miembros de la dirección “democráticamente centralizada” un uso benévolo del estado y de las instituciones (así como del mercado y las relaciones de producción asalariadas por la planificación estatal de la economía).

No es fácil cuestionar la visión del mundo que presenta el leninismo. Podemos denunciar los propósitos de “gran hermano” que acarrean esta visión, pero las bases sobre las que se apoya son muy sólidas, porque son el “realismo” de las condiciones establecidas o impuestas del capitalismo. Esto hace más urgente su crítica desde la perspectiva de la revolución social, porque la fundamentación en las ‘condiciones objetivas’ no hace más que naturalizar teóricamente condiciones que se suponen establecidas desde ya: las relaciones sociales capitalistas, y olvidar así que su establecimiento y naturalización es un proceso de la lucha de clases.

Quiero aclarar que mi posición no cuestiona el esfuerzo y la buena fe de millones de personas que durante el último siglo en todo el mundo abrazaron la idea leninista del partido. Considero a mi crítica una manera de señalar los caminos tramposos de actuar de un modo simétrico a las relaciones sociales capitalistas.



[1] “Las relaciones entre los productores, […] revisten la forma de una relación social entre los productos del trabajo […] Lo misterioso de la forma mercantil consiste sencillamente, pues, en que la misma refleja ante los hombres el carácter social de su propio trabajo […] como propiedades sociales naturales de dichas cosas, y, por ende, en que también refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global, como una relación social entre los objetos, existente al margen de los productores. Es por medio de este quid pro quo [tomar una cosa por otra] como los productos del trabajo se convierten en mercancías, en cosas sensorialmente suprasensibles o sociales […]. Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquéllos. De ahí que para hallar una analogía pertinente debamos buscar amparo en las neblinosas comarcas del mundo religioso. En éste los productos de la mente humana parecen figuras autónomas, dotadas de vida propia, en relación unas con otras y con los hombres. Otro tanto ocurre en el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana. A esto llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo no bien se los produce como mercancías, y que es inseparable de la producción mercantil.” (Karl Marx, El Capital, vol I, cap 1, pags 88-89)

[2] Por supuesto que todo esto no significa un rechazo puritano a cualquier inter-relación entre las luchas inmediatas y la lucha propiamente anticapitalista, aunque medie un elemento fundamental que es la diferencia -en el lugar de la teoría y la conciencia- entre sentirse parte de los intereses de una identificación impuesta, y sentirse parte de un proyecto de superación histórica cualitativa, y entonces desbordar concientemente la forma de lucha parcial por medio de una organización de subjetividades sociales y no gremiales.

[3] “La mayoría de las veces, se discute la alienación (fetichismo, reificación, disciplina, identificación, etc.) como si fuera un hecho cumplido. Se habla de las formas capitalistas de relaciones sociales como si estuvieran establecidas al alba del capitalismo para seguir existiendo hasta que el capitalismo sea remplazado por otro modo de producción. En otras palabras, se hace una separación entre constitución y existencia: se ubica la constitución del capitalismo en pasado histórico, y se asume que su existencia actual es estable. Este enfoque conduce necesariamente al pesimismo.” (John Holloway, Doce tesis sobre el antipoder)

Contra el concepto de tradición: los nuevos movimientos y el hablar-escuchando

En los últimos 15 años se ha experimentado, sobre todo en Latinoamérica, un profundo cambio en la fisonomía de los movimientos revolucionarios de izquierda. El modelo tradicional partidario es una respuesta. Pero una que anula, cierra la pregunta. Es un camino prefijado, pero que no puede llegar así a ningún lugar. La crítica a dicho modelo de organización revolucionaria, sin embargo, a pesar de que brinda ciertas respuestas, éstas no cierran la pregunta. Pienso de todos modos que la idea no es cerrar la pregunta, porque el buscar el camino de la revolución, necesita siempre de la pregunta.

Necesitamos las preguntas, no porque debemos responderlas con ideas cabales, sino porque hay que des-obviar y des-naturalizar. Hay que derrocar la certeza, que tanto mal ha hecho al proyecto subversivo durante el siglo XX.

Dialéctica del hablar-escuchar

Algo subrayado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional es el escuchar, y no sólo el hablar. Propongo entender esto como una propuesta concientizadora, organizativa y directamente relacionada con el poder, y no simplemente como una cuestión comunicativa.

La noción hablar-escuchando es importante porque muchas veces tendemos a organizarnos en base a una pedagogía jerárquica: son ellos los que deben aprender y nosotros los que les debemos enseñar. Nosotros tendríamos las lecciones y por lo tanto nos construimos en formas organizativas y subjetivas separadas. Por otro lado, no pensamos en la jerarquía cuando pensamos en la pedagogía: nos cuesta ver la cuestión de la comunicación y concientización como una cuestión de poder. La organización tradicional no articula tanto como parece, más bien fija y ofrece su línea teórica hecha mediante respuestas. Esta tendencia es por sí misma un error que nos ha faltado procesar al grueso de la izquierda durante mucho tiempo...

La historia del EZLN es una discontinuidad, por eso es tan apasionante. El EZLN cuenta repetidas veces que ellos también tenían inicialmente un propósito similar a muchas otras guerrillas de la izquierda tradicional: hablar demasiado, brindar respuestas. Pero al fin y al cabo, realmente avanzaron cuando aprendieron a escuchar y preguntar. Quizás ésta es una de las razones por las que es bastante complicado (y errado) criticar teóricamente al "neozapatismo" como si se tratara de una ideología cerrada: La historia del EZLN está llena de discontinuidades, porque está llena de autocríticas (aunque sí es más sencillo -pero más común- realizarle críticas coyunturales, buenas o malas, de su actuar frente a circunstancias particulares). Comúnmente las ideologías se caracterizan por ser una continuidad, una tradición. El hablar-escuchar es una crítica al concepto de tradición. Sólo cuando preguntaron y escucharon pudieron asimilar este tipo de lecciones. Una organización que cree tener la razón es sorda a estas lecciones.

Uno de los peligros de la crítica a la vieja izquierda revolucionaria es quedar desnudo. El asunto no es para nada sencillo, no podemos tener respuestas sencillas si queremos hacer estallar toda una continuidad histórica. Deshacernos de las respuestas tradicionales, nos deja con un vacío vertiginoso, porque nos deja sin certezas. Antes, la revolución se entendía más como "elige o forma tu partido, milita en él, forma militantes, llénalo de ellos y toma el poder" (el poder estatal, se entiende). Ahora no sabemos bien cómo debemos organizarnos, cómo debemos realizar el activismo, etc, porque nos hemos librado precisamente de estas respuestas acabadas.

El problema con que nos encontramos no es que las preguntas no den respuestas (de hecho, ahora podemos oír mejor las particularidades), sino que las respuestas no cierren las preguntas.

El rumiante nuevo sujeto: Preguntas y respuestas abiertas

Con este artículo, dada además la temática, prefiero desarrollar una respuesta que no busque cerrar la pregunta, sino remodelarla, engullirla, procesarla y devolverla con nuevos desafíos, por lo tanto no pretende ser un texto cerrado, sino una lucha más contra el cierre conceptual.

Pienso que éstas respuestas son críticas, están bien apoyadas en la reevaluación del proyecto comunista. No es un único sujeto, el que realiza la respuesta abierta. Por el contrario, el sujeto se transforma con su misma práctica crítica, debido a que ésta siempre debe contener ciertos trazos de autocrítica.

Cuando los movimientos emancipatorios logran realizarse una autocrítica, culminan, condensan, el caldo de cultivo de las partículas de significado que conforman la subversión de la experiencia: por allí no. Por allí, por el partido, por el poder instrumental, por el socialismo de mercado, etc.; el camino es muy claro. Pero la realidad no es así de clara, de hecho no puede serlo. Ese camino no conduce a nada finalmente radical. Pienso que las respuestas críticas se derivan fundamentalmente de las reflexiones extraídas de los errores históricos.

Con respuestas negativas también podemos rastrear la forma en que reproducimos los presupuestos de las relaciones sociales capitalistas. La teoría de Marx es un claro ejemplo: toma las formas(la mercancía, por ejemplo), las desenvuelve hasta encontrar sus particularidades y características históricas: nuestra actividad pervertida, y vuelve hacia la forma en la que se presenta explicando cómo es que se reproduce en base a nuestra actividad.


Marx así fundamenta por qué el desarrollo de una nueva sociedad debe contener formas completamente nuevas del trabajo, y debe entonces empezar revolucionando las formas históricas de la actividad humana: la sociedad capitalista debe perder su sustento reproductivo antes de poder ser eliminada. Con una sociedad de trabajadores asalariados, o una "patria de los trabajadores" famoso eufemismo con el cual se llamó la URSS, es imposible enfrentar una sociedad capitalista - es más: sus formas sociales son capitalistas porque reproducen tales condiciones de fragmentación social y abstracción de la vida (empezando por el mismo hecho de que la vida sigue siendo una mercancía, aún dentro de los marcos del gasto de estado). Pienso que esta forma de crítica fundada es lo que Marx llama "socialismo científico" (no así, creo, Engels, aunque quizás tampoco siempre así Marx). Cuando hablo de crítica marxista a lo que me refiero es a eso: a plantear la eliminación de una forma social revolucionando las condiciones prácticas que la reproducen constantemente (y entonces también las condiciones materiales y de poder que determinan la práctica como forma de reproducción de tales formas pervertidas). En tal sentido, la crítica marxista es una respuesta abierta, porque replantea-respondiendo la pregunta de cómo revolucionar la sociedad.



La negación de la negación, o cómo salir del círculo vicioso "neoautonomista"


¿Las respuestas abiertas deben ser meramente negativas? ¿Es que acaso estoy sugiriendo que Lenin debió haber escrito un "qué no hacer"? No, no estoy sugiriendo eso. Pero sí creo que debemos comportarnos en forma negativa frente al capital, es decir, desobedecer sus formas y su geometría, y que los movimientos contestatarios fracasan cuando no radicalizan su negatividad, es decir, cuando se moderan.


Existe un problema a señalar: el fracaso de la izquierda moderada no es el único fracaso de la izquierda del siglo XX, aunque haya sido un fracaso espectacular y con toda su sangrienta orquesta. ¿Qué hay del anarquismo? ¿qué hay del autonomismo, que llega, por ejemplo, hasta la Argentina reciente? Es, claro, otro tipo de fracaso: no uno espectacular, sino uno impotente. Muy bien podemos, al negar todo tipo de respuesta, negar una teoría de la práctica, y caer en la negación de todo tipo de construcción, de estrategia, de política, de poder. Por un lado, el peligro de la política instrumental. Por otro lado, el peligro de la micropolítica.


El peligro y a la vez la ventaja de la relación pregunta-respuesta abierta es que no nos termina de delinear cómo construir en las situaciones concretas las relaciones sociales anticapitalistas o, mejor dicho, sus anticipaciones que debemos de llevar a cabo en la práctica. Con esto me refiero a las alternativas a las formas sociales a eliminar.

Comúnmente pensamos en sustituir la respuesta por otra, y cerrar en cierto modo la pregunta. La forma en la que pensamos muchas veces nos lleva a ello, a identificar el método activista, o el sujeto social, u otras cuestiones. Pero también más nos lleva nuestro entorno cotidiano. En la realidad concreta, vivimos ciertas rutinas, dentro de cierta cultura, sector social, reivindicaciones a corto plazo, etc. Es aquí, en tan ambiguo paisaje, donde deben llevarse a cabo aquellas críticas. Esas críticas tan relativamente claras como son presentadas en la teoría, pueden caer en nuestra práctica cotidiana: no es posible realmente encontrar ni realizar prácticas anticapitalistas tan "puras", y chocamos con el hecho de que la teoría a veces trabaja con abstracciones al purificar los conceptos. Por el contrario, cada evento en nuestra vida es contradictorio, y en ese espacio, es que hay que llevar las situaciones a convertirse en una vida socialmente autodeterminada.


Considero que en la mayoría de los casos es más peligroso encontrarse una respuesta positiva que cierre la pregunta, que desembocar en una regresión al infinito de negatividad no-constructiva. Pero los espacios concretos nos invitan por igual a ambos: a llenarse de categorías cerradas (la famosa opción falsamente llamada realismo), por un lado, pero también a la práctica "neoautonomista" de rechazar sistemáticamente, incluso dogmáticamente, por ejemplo, las construcciones o mediaciones orgánicas -imprescindibles- por considerarlas formas impuras (la interminable discusión votación o consenso, la casi ineludible articulación mediante delegados en organizaciones de gran tamaño, etc).

Creemos que nos hemos equivocado, tenemos cierta idea de qué no hacer, pero no tenemos mucha idea de qué sí hacer. Lo primero para decir al respecto es que inevitablemente los comunistas deberemos seguir buscando nuevas formas, porque son históricas e incluso ligadas a desarrollos históricos más bien territoriales (como la lucha revolucionaria ligada a la forma comunitaria indígena). Sobre todo, no debemos demarcar el "modo" de crear estas situaciones, además, porque ellas mismas deben ser creadas para reinventarse, para aprender de ellas y reflexionar sobre los errores.


Pero más allá de eso... ¿Cómo salir de este embrollo? Creo que viene por el lado de considerar nuestra negación como una práctica al mismo tiempo mediada por construcciones, siempre. Nuestra crítica práctica tiene una particularidad: está negando un mundo invertido. No es meramente negatividad, sino una lucha contra otra negación, a la que estamos sometidos, la negación del género humano. No somos humanos negando simplemente, sino humanos negados que necesitan liberarse de su propia carcel, liberarse con la corrosión de la práctica crítica: nuestro proyecto es negar una negación, y por eso es que dentro de éste existen nuevas positividades, invenciones con las que intervenimos en la práctica. El anticapitalismo, con su misma corrosión negativa, libera lo que permanece negado por el capital, saca a luz un montón de síes mediante su práctica crítica. La construcción positiva, y las respuestas positivas, son entonces revolucionarian porque son, y en tanto que sean, móviles de la subversión.

La respuesta positiva que cierra, que en todas sus variantes, en esta etapa histórica al menos, no deja de ser más que un concepto construido a la semejanza de la lógica de las condiciones sociales opresoras, cuando es puesta en tela de juicio por el mismo movimiento anticapitalista, abre la posibilidad de otras, muchas alternativas. Alternativas que son abiertas, son posibilidades, ensayos y diversidad.

¿Qué hay de la disputa de la correlación de fuerzas? ¿y de la construcción de movimientos gremiales como el ocupado, desocupado y estudiantil? ¿Dónde uno puede articular con la izquierda tradicional? ¿tal articulación es táctica o estratégica, o cuándo sería una y cuándo sería otra? ¿qué relación hay entre la construcción de poder popular, el trabajo de base y los órganos gremiales institucionalizados? ¿cómo construir una alternativa hegemónica sin imponerla "desde arriba"?

Para todo esto, creo que es fundamental comprender que, por un lado, nuestro ritmo debe corresponder con un ritmo general de otros compañeros, que sino no los estamos escuchando realmente, y por otro lado, que no podemos despreciar los avances progresivos por no ser directamente revolucionarios. Eso sí: no podemos confiar de más en estas construcciones o mediaciones, ya que son tan impuras como históricas. El sujeto debe entenderse como el acto de organizarse, y no el sujeto como la organización. Pero a su vez, la lucha, la organización y la conciencia tienen su forma de corresponder que configura cómo intervenimos en las situaciones concretas.

Las respuestas acerca de estas intervenciones no se encontrarán aquí, sino en el diálogo real, el hablar y escuchar, con los compañeros participantes de las situaciones concretas donde construimos. Y la respuesta definitiva sólo la tendrá el testamento -que disputamos a diario- de la historia. Esta es la apuesta explícita de lo que acuerdo en llamar "la nueva izquierda autónoma", que a pesar de ser nueva, tiene la responsabilidad irrenunciable de saldar cuentas con los fracasos pasados así como también de vengar las derrotas pasadas. Este es el desafío de la nueva morfología del movimiento real que se propone anular y superar este mundo inhumano, esta humanidad inmunda.

Acercamiento a la crítica del laburo y la pseudovida

"«Trabajo», [...] no es ni en su origen etimológico un sinónimo de actividad humana autónoma, sino que se remite a un triste destino social. Es la actividad de los que han perdido su libertad. La expansión del trabajo a todos los miembros de la sociedad no es, en consecuencia, más que la generalización de la dependencia servil; y la adoración moderna del trabajo, no es más que la elevación casi religiosa de esta situación." (Grupo Krisis, Manifest gegen die Arbeit -Manifiesto contra el trabajo-, Cap 8, 1999)


Considero que vivir es estar en contra del capital. Utilizo aquí un concepto crítico de vida. Vivir es luchar contra el capitalismo, porque el capitalismo es nuestra pseudo-vida. Es una subsistencia, impotencia y desposesión acumuladas hasta el punto de pudrir el futuro del planeta. Es finalmente inherente a la lógica del capital negarnos toda subsistencia, potencia y decisión concreta posible, cosa que ya no duda de hacer con ciertos sectores de la sociedad.

Vivir es producir, es existir como sujeto. Pero laburar -realizar trabajo remunerado-, u otras formas sometidas de la vida ordinaria, son reproducir, existir como objeto. Como sugiere bien el grupo Krisis, el término trabajo es usado ambiguamente. Aquí voy a diferenciar ambos. Voy a llamar vida social al trabajo concreto o trabajo útil y laburo al trabajo abstracto.

Es Marx el primero conocido que señala de forma explícita la diferencia entre práctica reproductiva animal y práctica productiva (proyectiva) humana. O también acerca de las características meramente reproductivas de la actividad humana en el marco de las relaciones sociales capitalistas.


"Todo trabajo es, por un lado, gasto de fuerza humana de trabajo en un sentido fisiológico, y es en esta condición [...] como constituye el valor de la mercancía. Todo trabajo, por otra parte, es gasto de fuerza humana de trabajo en una forma particular y orientada a un fin, y en esta condición de trabajo útil concreto produce valores de uso [...] Si se prescinde del [...] carácter útil del trabajo, lo que subsiste de éste es el ser un gasto de fuerza de trabajo humana [...] En un comienzo, la mercancía se nos puso de manifiesto como algo bifacético, como valor de uso y valor de cambio. Vimos a continuación que el trabajo, al estar expresado en el valor, no poseía ya los mismos rasgos característicos que lo distinguían como generador de valores de uso. [...] esa naturaleza bifacética del trabajo contenido en la mercancía [...] es el eje en torno al cual gira la comprensión de la economía política" (Karl Marx, El Capital, tom. 1, cap. 1)

Así como en la mercancía se nos presentan ambos valores, éstos contienen detrás el trabajo bifacético. El carácter subversivo de la teoría que refiera a estas relaciones capitalistas, sin embargo, pienso que no proviene solamente de haber descubierto el trabajo detrás del valor, sino de la teoría, no como un análisis, sino como una lucha. Es en este sentido que propongo tratar el concepto trabajo bifacético como el eje de la lucha de clases.

No considero como polos de la lucha de clases, a las identidades sociológicas, que dibujan el contorno de clase, partiendo de grupos de individuos que realizan la producción de mercancías. Es decir, no es una clase antagónica aquel grupo de individuos definidos por realizar laburo (la clase asalariada), o aquel otro, la burguesía, por ser la poseedora privada de los medios de producción.

La lucha de clases, más bien, tiene como polos opuestos a la vida social y al capital (del que la burguesía es un funcionario, una personificación). Sin duda, es la lucha del trabajo contra el capital, pero no del trabajo abstracto o asalariado, no del laburo. El laburo no se opone al capital: es su ingrediente. La clase que lucha, lucha en la medida que no reproduce relaciones sociales capitalistas. Es decir que, en el sentido opuesto a las identificaciones sociológicas del marxismo ortodoxo, la clase es tal porque lucha, pero entonces, también porque no se identifica con el laburo, sino con la vida directamente social. Esto tira abajo también la identificación aparte de los intelectuales, como agentes externos a la lucha de clases, que traen la dudosa conciencia "desde afuera", así como las subordinación jerárquica de los campesinos, aborígenes y otros sectores a las luchas de la clase asalariada, elemento recurrente en la 'ortodoxia'.

El laburo y la vida cotidiana son actividades enajenantes, fetichizantes: la actividad abstracta produce lo propio-pero-ajeno y produce su sumisión a lo propio-pero-ajeno. En cuanto a la vida ordinaria, la pseudo-vida, no es más que la pseudo-ocupación de las horas no laborales. Realizamos una actividad por la que reproducimos todas las impotencias, en el sentido de crear y recrear, con el laburo, lo que no nos pertenece, como de crear y recrear, con la pseudo-vida, el ritmo cíclico, cuantitativo y homogéneo del tiempo, de modo que el pasado continúe dominando al presente. La distinción entre laburo y pseudo-vida no es importante si se entiende que son complementarios, ya que retratan la distinción entre los complementarios explotación y dominación.

Pasemos al plano de reflexión sobre lo que acabamos de realizar en la teoría: Esta producción teórica posee vida social crítica, es decir, trabajo concreto, capacidades de realizarse y proyección de algo distinto. Pero entonces es porque tenemos una referencia no alienada ya presente, mediante la cual nos indignamos ante este mundo. En otras palabras,
necesitamos proyectar algo distinto, o sea producir lo diferente, el contraste que, al ser comparado con la realidad, nos permite entenderla como alienada. Si no tuviéramos una referencia distinta a la lógica fetichista, no podríamos denunciarla ni describirla como alienada..

La existencia no-alienada es el trabajo útil, la vida como proyecto. Pero en el capitalismo, inevitablemente, la vida como algo más que la subsistencia, la vida como propia, se opone completamente a lo establecido. Aquí pienso que se ubica el sujeto revolucionario. El sujeto revolucionario, la clase, si se prefiere, es el trabajo, pero no en su carácter de trabajo abstracto, sino en su carácter de vida subversiva ante el capital

La existencia alienada es bajo el capital su dominación a través de la continua desposesión insaciable de nuestros medios de vida, por la cual comanda el laburo, y obliga al trabajo a ser laburo. El sujeto revolucionario no se ubica aquí. El sujeto revolucionario sería un objeto aquí porque no es la clase asalariada o laburante más que aquel contorno en que se define a la gente por la venta de su actividad.

Debemos expropiar los medios de vida. Ésta, considero, es la única forma de que vivamos concretamente, o incluso de sobrevivir, tanto en la guerra y el terrorismo de estado como en el caso de la biodestrucción del planeta. Pero asimismo, debemos ubicar este nosotros que expropia en el sujeto revolucionario de la vida social, no en una casta intelectual, estatal, partidaria o burocrática. Esto se debe a que no queremos reorganizar nuestra separación respecto de los medios de producción, sino recuperarlos, porque son nuestros, porque los hemos creado, y porque sólo bajo nuestro control directo nuestra actividad dejará de enajenarnos el mundo.

La vida social sólo puede vislumbrarse y sostenerse en la práctica negadora de la pseudo-vida capitalista. Al decir de los zapatistas, somos muchos síes pero un sólo no.

Comunismo como ciencia

¿Es el comunismo una ciencia? Después de los desastres del diamat (materialismo dialéctico), después de su ‘academización’, ‘exactización’ y ‘positivización’, o aun peor, de la utilización del objetivismo como pretexto de la moderación y de la represión de los movimientos subversivos del trabajo por los mismos que han dicho representarlos, ¿cuál es el punto de considerar al marxismo, o al comunismo, como socialismo científico? ¿su carácter de ciencia ha sido siempre lisa y llanamente una máscara de una (ya no tan) nueva doctrina de la teología y del mesianismo con la sola diferencia que desde ángulos materialistas y partidarios?

Pienso que la salida a este problema no radica en discutir la definición del comunismo como científico o no. Nunca me he llevado bien con las definiciones. Necesitamos, es cierto, ciertas identificaciones comunes de los signos entre los que dialogan y ejecutan el proyecto subversivo. Necesitamos ciertos términos como comunismo, subversión, etc, para referirnos a los fenómenos más o menos concretos y permitir así que la práctica teórica reflexione sobre la práctica material y sobre sí misma. Debemos recortar conceptualmente fenómenos percibidos y diferenciarlos de otros recortes para crear el lenguaje. Por eso es que por esta razón, siguiendo la terminología tradicional del marxismo, decido adoptar el término de ciencia, para oponerlo al término ideología. Pero, del mismo modo, debo diferenciarlo de lo que se llama comúnmente ciencia: la justificación burguesa de lo establecido.

La capacidad desarrollada de cuestionar es una novedad de nuestra especie, que nos distingue de otros animales como también de las llamadas ‘inteligencias artificiales’. Sin embargo, en la sociedad capitalista, Marx señala que

“Con esta división del trabajo, de una parte, y con la acumulación de capitales, de la otra, el obrero se hace cada vez más dependiente exclusivamente del trabajo, y de un trabajo muy determinado, unilateral y maquinal. […] Como el obrero ha sido degradado a la condición de máquina, la máquina puede oponérsele como competidor.” (Karl Marx, Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844, 1)

Puesto que es precondición y producto del modo de producción capitalista -y entonces de la explotación del trabajo- un acondicionamiento del tiempo y del espacio donde se desempeña la vida social en general, deparándole una profunda impotencia, el mundo presente entero deviene una realidad humana autonegada, ya que lo distintivo de nuestra especie es extirpado. Es así que el ciclo de valorización del capital se nos presenta como una analogía concreta de la falacia, un proceso donde por determinada disposición de las relaciones productivas su producto es una humanidad falsificada, a la vez que de ser medios de emancipación, de producción del Hombre, pasan a ser capital, es decir, medios de reproducción del Hombre alienado, medios de explotación.

Dado que el período histórico capitalista es irreversible, las personas y los objetos se desplazan en un todo resquebrajado cuya forma precapitalista ya no puede ser restaurada. Aun si lo quisiéremos, si encontráremos un momento de integridad en el pasado, como un ‘comunismo primitivo’, no seríamos capaces de ‘volver’ a ella. Sin embargo, pienso que tal positividad nunca ha existido de forma íntegra; siempre llevó consigo el embrión de la separación. El aislamiento general en modos de producción primitivos en clanes, aldeas y familias fue la misma que produjo la propiedad, su defensa armada y la posterior formación de las sociedades de clases y monopolios de la coerción. Nuestra negación, nuestra refutación práctica de la falsificación fetichista del mundo actual, no viene de una recomposición positiva de alguna humanidad que ha sido negada por el capital (y por sociedades de clases precapitalistas), sino de una negación revolucionaria y novedosa de nuestra negación capitalista.

El proyecto comunista nace, entonces, a posteriori de la revolución industrial y de sus corolarias revoluciones políticas burguesas. Llega al mundo como su refutación práctica. La nueva verdad subversiva del mundo debe aceptar existir sólo allí donde sea imperativa la refutación práctica de la falsificación concreta del mundo. Esta es su condición para fundamentarse, así como para no convertirse en una nueva fantasía política, lo que llamo una ideología. Una teoría que no se contraste a la luz de la negación revolucionaria de un mundo falso, dado que la falsedad ha cubierto la totalidad del globo, no es sino un producto más de la falsedad, y no será capaz nunca de emerger de la prehistoria capitalista. Por último, y a diferencia de la conciencia burguesa, la actividad revolucionaria comunista debe ser consciente de su rol en la historia. Tampoco podrá realizar su proyecto desconociendo su bandera y su carácter novedoso. Todos los movimientos que nazcan de la negación humanista de la no-humanidad presente, pero que no lo sepan, tarde o temprano la abandonarán.

Sostengo que el comunismo es científico, en este sentido: el de su fundamentación en ser la realización consciente y crítica en-y-contra un mundo invertido.

En-y-contra, en efecto, porque como emergencia de un mundo demente, nadie puede poseerla intacta. Nadie, por más que se diga comunista, se vista se rojo, o se sienta perteneciente al proyecto, estará exento de la alienación que conlleva vivir y formarse en situaciones alienadas. El comunismo no es un ‘quien’ o ‘quienes’ (la agrupación política, los intelectuales, etc), sino la suma interrelacionada de las necesariamente distintas y diversas subversiones anticapitalistas así como de su potencial desenvolvimiento.

La teoría científica burguesa consiste en una racionalización de los hechos. La ciencia burguesa por excelencia es claramente la economía política. A su retrato, básicamente, la ciencia social burguesa consiste en excluir de lo estudiable lo no-racional. Las ciencias sociales surgidas de las ciencias exactas y de la economía se dedican a hablarnos de la estructura de la sociedad capitalista, de su normalidad (en el sentido de normas que la rigen) y del presupuesto de su estabilidad. Al decir de Karl Popper,

"las teorías son redes que lanzamos para apresar aquello que llamamos 'mundo': para racionalizarlo, explicarlo y dominarlo. Y tratamos de que la malla sea cada vez más fina" (Popper, K.R., La lógica de la investigación científica, 57)

Pero, también en los intelectuales socialistas existe esta noción de ciencia. Friedrich Engels sostiene que el marxismo es científico a causa de que

"ve en la historia el proceso de desarrollo de la humanidad, cuyas leyes dinámicas es misión suya descubrir. [...] al pensamiento incumbía ahora seguir en sus etapas graduales y a través de todos los extravíos, y demostrar la existencia de leyes internas que guían todo aquello que a primera vista pudiera creerse obra del ciego azar." (Friedrich Engels , Del socialismo utópico al socialismo científico, 137)

La objetividad aleja al sujeto del objeto. Situarlo abstraído de la realidad lo abstrae de sus juicios. La poesía es engullida por la prosa. La calle, por la academia. No hay lugar aquí para la subversión contra la injusticia del capitalismo o cualquier otra valoración ética. La morada del pensamiento objetivo y del estructuralismo es una sociedad donde lo social no es un sujeto sino un medio.

La separación de sujeto y objeto es la separación de la crítica del análisis. La identidad inhumana de la economía es la conceptualizada. Es el encierro del sujeto revolucionario en la estructura lógica del capitalismo. La crítica es, a lo sumo, un complemento, en el caso del leninismo, un Mesías que viene desde afuera de los objetivados a liberarlos.

Bajo la lógica objetiva, ¿cómo es concebible la posibilidad de revolución?

A) Demostrando que la historia 'está de nuestro lado', que las leyes objetivas nos llevarán irremediablemente al 'paraíso' del socialismo, que el mismo desarrollo económico convertirá a la clase dominante en superflua. Lejos de la época de Engels donde esto era moralizador, cada día que pasa esto resulta más absurdo.

B) Mediante un deus ex machina[1], en el leninismo, que organizando a los intelectuales en el partido, presuponiendo una siempre relativamente suficiente exterioridad a la alienación, son capaces de llevar la conciencia revolucionaria a nosotros, las víctimas de la alienación. Teniendo esta perspectiva en cuenta, difícilmente sorprenda que sea frecuente el desgaste y fragmentación de los partidos leninistas disputándose cuál es el revolucionario, cuál el centrista y cuál el reformista (quien sostenga que ninguno es revolucionario, es estigmatizado como anarquista o autonomista).

Pero ni el mundo es una máquina, ni existe un ente no-contaminado que pueda precipitar la revolución desde una posición privilegiada. Frecuentemente, sus miembros iluminados tampoco demuestran ser menos mecánicos que los que supuestamente deben ‘salvar’.

El comunismo no surge de ‘profesionales’ o ‘especialistas’ de la revolución, que nos contemplen en un pseudo-afuera, imagen convencional del teórico burgués. Asimismo como nos proponemos derribar un orden mecánico y categorizante, que pretende ser una serie de engranajes, la ciencia no puede ser fragmentaria, no puede encontrar separaciones, ya sean entre epistemología y ciencia, entre filosofía y ciencia, entre las doctrinas, ya sean economía, historia, ciencias políticas, sociología, psicología, lingüística, ciencias naturales, etc. Al respecto, Marx señala:

“Conocemos sólo una ciencia, la ciencia de la historia. Se puede enfocar la historia desde dos ángulos, se puede dividirla en historia de la naturaleza e historia de los hombres. Sin embargo, las dos son inseparables: mientras existan los hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente.” (Karl Marx y Friedrich Engels, La Ideología Alemana, cap 1, nota II)

El comunismo es historia, no en el sentido de una descripción o una explicación del pasado, sino como antagonismo contra la dominación del pasado sobre el presente, como una historia subversiva, su memoria, su depuración autocrítica presente, su desmitificación de las interpretaciones y tergiversaciones del poder, su realización y la comprensión-y-autocrítica de dicha realización.


Como ciencia, el comunismo no posee métodos de estudio ni objetos de estudio, porque la falsedad de la teoría en un mundo invertido es la contemplación. El comunismo lleva la verdad sólo cuando lleva la subversión. No establece distinción entre objeto y método (así como tampoco su movimiento entre fines y medios). El objeto del comunismo es sí mismo como movimiento superador y anulador, y el método es también ese mismo movimiento de anular y superar una falsedad concreta. La realidad es comprendida de una forma no-engañosa mediante el mismo desarrollo del comunismo, ya que el desarrollo del comunismo es el desarrollo de la crítica de la realidad concretamente invertida. Tampoco tiene el comunismo una meta-ciencia (una epistemología) separada de sí misma. Esta reflexión que escribo sobre el conocimiento no-alienado, es en sí misma una contribución al movimiento subversivo y es indisociable de él.

En un mundo concretamente invertido, el conocimiento científico sólo puede ser subversivo. El conocimiento es científico sólo en la medida en que refuta concretamente la falsedad concreta del mundo. La ciencia en una sociedad que es en sí lo que no es para sí, es la lucha.



[1] Deus ex machina: «dios surgido de la máquina». Proviene del teatro clásico, cuando una grúa (machina) introduce una deidad (deus) proveniente de fuera del escenario para resolver una situación.

Tras la mercancía, tras el laburo, tras la vida.

"A formas que llevan escrita en la frente su pertenencia a una formación social donde el proceso de producción domina al hombre, en vez de dominar el hombre a ese proceso, la conciencia burguesa de esa economía las tiene por una necesidad natural tan manifiestamente evidente como el trabajo productivo mismo. De ahí que, poco más o menos, trate a las formas preburguesas del organismo social de producción como los Padres de la Iglesia a las religiones precristianas"
(
Karl Marx, El Capital, Cap. 1, 1867)


Un poder enigmático enajena nuestras relaciones sociales: la mercancía. Su nombre mismo nos habla acerca de cuál es su valor socialmente otorgado: no es la capacidad del objeto de satisfacer nuestras necesidades. Más bien, en tanto mercancía, es una percepción extremadamente abstracta, pero en la medida que toma control sobre las utilidades y propósitos de nuestras vidas, acarrea efectos sensibles y bien reales, encegueciendo aquellas percepciones que vayan más allá de su identidad como mercancía y de la posibilidad de vislumbrar una alternativa a esta 'posesión diabólica' de nuestra vida social. Esto lleva a la conformación de un imaginario social donde la explotación y las formas de dominación que corresponden a su mantenimiento son formas naturales y eternas.

La economía burguesa ha analizado parcialmente este enigma del valor supra-sensible, y ha revelado la producción humana bajo ella, pero lo que le ha importado es el hecho de que la mercancía es medible cuantitativamente en su cantidad de trabajo acumulado. Nunca ha indagado el por qué de que un producto del trabajo humano contenga esta forma. Pero para el proyecto comunista, revelar esto es crucial.

¿En qué consiste esta forma pervertida? Al igual que en la religión, donde el hombre crea el mito de su creación, las creaciones de la actividad humana, en el modo de producción capitalista, se proyectan como un poder separado y mistificado. La mercancía es la abstracción del contenido, es el filtro mediante el cual se despoja todo rastro de la producción humana, dejando sólo su equivalente a otra mercancía. Es mediante esta abstracción que el Capital llega a afirmar su dominio sobre la vida humana.

La producción que parte del despojo de la creatividad respecto de sus medios, el modo de producción capitalista, es la producción del propio despojo en una forma permanentemente ampliada. El despojo y la separación, es entonces el resultado, la precondición y a la vez el propósito de la dictadura del capital. El dogmatismo absoluto del mundo de la mercancía reside en que su objetivo es la reproducción ampliada de su punto de partida.

La forma peculiar del producto como mercancía es la forma peculiar de la producción capitalista, de la forma de organizar el trabajo, donde un elemento indispensable de esta organización productiva es la negación del control del trabajo sobre sí mismo. Más bien, el trabajo penetra en la circulación social sólo en la forma de mercancía individual pronta a ser privada.

Pero no es el trabajo como 'laburo' (labor, trabajo remunerado) el único a ser revolucionado, no son sólo los medios productivos los únicos a ser expropiados, sino que la abstracción del trabajo necesariamente se reproduce en la totalidad de la sociedad como abstracción de la vida. Esto es esencial, debido a que la vida debe existir fragmentada e incapaz de organizarse para sí misma.

No son únicamente las horas laborales las que deben ser enmarcadas en el modo de producción, sino todas las horas de vida, toda situación vivida, y no podemos permitirlo. Este texto y muchos más deben ser enmarcados en el modo de producción y no podemos permitirlo.

El capital hace de todo acontecimiento un asesinato. Hagamos de todo acontecimiento lucha de clases. El problema no es meramente la emancipación del trabajo, sino la emancipación de la vida. El problema no es meramente la reapropiación de los medios de producción, sino también del tiempo y del espacio.